Armando Santos

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JORGE LUIS BORGES, DEL ALEPH AL ZAHIR

Fotografía de Jorge Luis Borges, tomada por Grete Stern, el año de 1951.

Fotografía de Jorge Luis Borges, tomada por Grete Stern, el año de 1951.

El Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo; en la mitología judía, al escribir la letra Aleph en la frente del Golem (autómata de barro), éste cobra vida. En matemáticas, los números Aleph indican la cardinalidad de conjuntos infinitos. El Aleph es un punto en el espacio que contiene todos los demás puntos; cualquiera que mire dentro de él verá todo el universo desde cualquier ángulo simultáneamente, sin obstáculo ni confusión. El Aleph (1949), también, es un libro de cuentos del escritor argentino Jorge Luis Borges (su nombre completo era Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo; nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899; y murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986), donde la filosofía se convierte en literatura; Borges toma un dato erudito para establecer situaciones en que el realismo se mezcla con la fantasía, el racionalismo con la metafísica y la lógica con el absurdo; el mundo es un laberinto sin salidas fáciles, por tanto la vida consiste en hacerse preguntas, buscar nuevos caminos, descubrir algunos atajos. En El Aleph, el cuento que da título al libro, Borges, el protagonista, visita la casa de la familia de la difunta Beatriz Viterbo, ahí conoce a Carlos Argentino Daneri, primo de Beatriz, un poeta mediocre y ególatra que ha dedicado su vida a escribir un poema épico que describe todos los lugares del mundo con minucioso detalle; tiempo después, Borges visita a Daneri, quien le explica indignado que una empresa quiere demoler su hogar; el poeta debe conservar la casa para acabar su poema, pues, para escribirlo, utiliza un Aleph que se encuentra en el sótano; Borges piensa que Daneri ha enloquecido, pero consiente en bajar y ver el Aleph; solo, en la oscuridad del sótano, Borges teme que Daneri le haya tendido una trampa, pero entonces comienza a ver el Aleph, y con él todo el universo. El relato se agrupa dentro del “Realismo mágico”, término inventado por el crítico de arte alemán Franz Roh, que consiste en la presentación objetiva de la realidad cotidiana con algún elemento inesperado o improbable, cuyo conjunto deja al lector aturdido y maravillado.

Borges no se gloriaba de sus libros sino de sus lecturas; de manera que el literato argentino ha revolucionado más los hábitos de lectura y de crítica que los de escritura. Lo anterior no impide que la obra de Jorge Luis Borges sea alabada por destacados intelectuales del mundo: el filósofo francés Michel Foucault basó su ensayo Las palabras y las cosas en un texto de Borges y “en la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento…”; el escritor mexicano Carlos Fuentes afirmó: “Jorge Luis Borges era el padre de la narrativa moderna en lengua castellana; todos le debemos un adjetivo, un espejo, una biblioteca, un sueño”; el novelista cubano Guillermo Cabrera Infante lo considera “el más importante escritor del idioma español desde la muerte de Quevedo”. Sin embargo, Borges, siempre irónico, se veía de un modo distinto; en su relato El Congreso (1975, integra El libro de arena), el personaje Alejandro Ferri define al propio Borges: “El nuevo Director de la Biblioteca, me dicen, es un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas antiguas, como si las actuales no fueran lo suficientemente rudimentarias, y a la exaltación demagógica de un Buenos Aires de cuchilleros”. Y es que a Jorge Luis Borges los homenajes le incomodaban; su objetivo era provocar, a través de sus cuentos, poemas, ensayos y conferencias, tanto odio como admiración; en el año de 1999, el profesor Omar Aliverti recordó una anécdota que le tocó protagonizar en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde el escritor “era agredido tanto de palabra, como en los hechos y hubo que ayudarlo para que pudiera tomar un taxi”.

El polémico escritor nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de Agosto de 1899; creció en el barrio porteño de Palermo, entonces casi un arrabal, en una casa grande con una extensa biblioteca, a la que consideraba su sala de juegos, que años después se convertiría en una de sus metáforas más perturbadoras. Desde la infancia, la vida de Jorge Luis Borges estuvo rodeada de libros y filosofía; su padre, Jorge Guillermo Borges, un abogado y profesor de psicología con aspiraciones literarias, era capaz de explicarle las paradojas de Zenón “con ayuda de un tablero de ajedrez”; su madre, Leonor Acevedo, le enseñó el idioma inglés antes que el castellano y lo llamaba “Georgie”, y hasta los nueve años tomó clases con una institutriz inglesa; su conocimiento del idioma inglés y otras lenguas tendría repercusiones en su estilo literario: conciso, depurado, siempre con la palabra y la imagen precisa. En el año de 1914, la familia de Borges se mudó a Ginebra, Suiza, donde Borges cursó la escuela secundaria y leyó con entusiasmo al historiador Carlyle y al filósofo Schopenhauer, que tendrían gran influencia en su obra. El padre de Jorge Luis Borges se vio obligado a retirarse de la abogacía debido a un problema de la vista; afección que también padecería su hijo desde la niñez. Al término de la Segunda Guerra Mundial, la familia Borges viajó a España; en Madrid, Jorge Luis Borges entró en contacto con integrantes del grupo ultraísta (el ultraísmo es un movimiento de renovación poética iniciado en España e Hispanoamérica que representaba la vanguardia literaria en cuanto a la forma y el contenido de la poesía), como Rafael Cansinos-Asséns —a quien consideró su maestro—, Ramón Gómez de la Serna y Guillermo de Torre —quien después se casaría con Norah, la hermana de Borges—, que escribían, junto con Borges, en la revista Ultra, órgano del movimiento. En el año de 1921, ya de vuelta en Buenos Aires, la familia Borges fue recibida en el puerto por el escritor Macedonio Fernández, cuya amistad heredaría Jorge Luis Borges de su padre. Borges fundaría la revista mural Prisma (sólo se publicaron dos números) y la revista Proa (1924), donde promovió la estética ultraísta. Pese a su formación europea y su inclinación a las vanguardias, sus primeros libros de poesía Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno de San Martín (1929) están inspirados en el ambiente trágico de los “compadritos”, los criollos porteños de los arrabales, con sus épicas y brutales peleas a cuchilladas; si bien Borges se vio tentado a escribir letras de tangos y milongas evitó, según cuenta el propio escritor, “la sensiblería del inconsolable tango-canción y el manejo sistemático del lunfardo, que infunde un aire artificioso a las sencillas coplas”. Borges publicó en la prestigiada revista argentina Martín Fierro; posteriormente, colaboraría en el primer número de la legendaria revista Sur (1931), dirigida por Victoria Ocampo, de la cual sería secretario de redacción; aunque escribían en ella autores de todas las tendencias políticas (Walter Gropius, Alfonso Reyes, Ernesto Sábato, Federico García Lorca y Guillermo de la Torre, et al), la revista fue abiertamente antinazi. En el año de 1939, Borges escribió en la revista Sur, en su Ensayo de imparcialidad: “Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania; es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe. No me refiero al imaginario peligro de una aventura colonial sudamericana; pienso en los imitadores autóctonos, en los Uebermenschen caseros que el inexorable azar nos depararía… Espero que los años nos traerán la venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles”. Borges combatió al peronismo, al identificarlo con “los Uebermenschen caseros”, festejando la caída del gobierno de Juan Domingo Perón, en 1955.

Jorge Luis Borges siempre expresó abiertamente sus opiniones políticas, en muchas ocasiones con una aguda ironía —“los peronistas no son buenos ni malos, simplemente son incorregibles”—, sin medir las consecuencias. Cuando, en el año de 1946, Juan Domingo Perón (autor de la frase: “Alpargatas sí, libros no”) ascendió al poder, Borges tuvo que renunciar a su cargo de bibliotecario, en la biblioteca municipal de Almagro, al negarse a aceptar el puesto de “Inspector de mercados de aves de corral” que le imponía el gobierno peronista. Borges declaró, en una cena de desagravio organizada por sus amigos, en un discurso que fue leído por su amigo Pedro Enríquez Ureña y publicado en el número 142 de la revista Sur,  lo que pensaba del régimen peronista: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez; botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor, ¿habré de recordar a los lectores del Martín Fierro y Don Segundo Sombra que el individualismo es una vieja virtud argentina?” En el año de 1948, su hermana Norah y su madre son detenidas, acusadas de escándalo en la vía pública —gritaban consignas antiperonistas—; Norah Borges pasó unos días en la cárcel del Buen Pastor (cárcel de mujeres, según Borges para prostitutas), y Leonor Acevedo, la madre de Jorge Luis Borges, sufrió arresto domiciliario. Tras el derrocamiento de Perón, Borges es nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que conservaría de 1955 hasta su renuncia en 1973, debido al regreso al poder de Juan Domingo Perón. Sin embargo, su antiperonismo parecía más un ataque a la persona del dictador que un apoyo a la dictadura militar; pues lo regímenes que sucedieron a Perón, decepcionaron al escritor. Borges continuó su ataque al régimen peronista hasta que los militares se apoderan del gobierno mediante un golpe de estado; Jorge Luis Borges fue severamente criticado por aceptar honores de la dictadura argentina de Videla y de la dictadura chilena de Pinochet (había declarado: “Descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”). Pero, en el año de 1980 da un viraje a su postura política, al firmar una “Solicitada por los desaparecidos” en el periódico Clarín; Borges explicó su cambio de actitud: “Una tarde vinieron a casa las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo a contarme lo que pasaba; algunas serían histriónicas, pero yo sentí que muchas venían llorando sinceramente porque uno siente la veracidad; pobres mujeres tan desdichadas, esto no quiere decir que sus hijos fueran invariablemente inocentes, pero no importa; todo acusado tiene derecho, al menos, a un fiscal para no hablar de un abogado defensor; todo acusado tiene derecho a ser juzgado; cuando me enteré de todo este asunto de los desaparecidos me sentí terriblemente mal; me dijeron que un general había comentado que si entre cien personas secuestradas, cinco eran culpables, estaba justificada la matanza de las noventa y cinco restantes, ¡debió ofrecerse él para ser secuestrado, torturado y muerto para probar esa teoría, para dar validez a su argumento!” En el año de 1982, condenó la invasión argentina de las Islas Malvinas —la guerra de “dos pelados peleándose por un peine”—, y valoró positivamente las consecuencias de la derrota: “Si se hubiesen reconquistado las Malvinas, posiblemente los militares se hubiesen perpetuado en el poder y tendríamos un régimen de aniversarios, de estatuas ecuestres, de falta de libertad total. Además, yo creo que la guerra se hizo para eso, ¿no?”  En una entrevista que le hizo Néstor J. Montenegro, para la revista Gente, del 15 de diciembre del año de 1983, luego de la caída de la dictadura militar y el ascenso a la presidencia argentina de Raúl Alfonsín, declaró que se dejó engañar por los militares que subieron al poder; pues “se esperaba no que fuera un gobierno eficaz, sino honesto, que se diferenciara del peronismo. Pero despojaron el país, lo expoliaron, lo destrozaron. Han cometido todos los errores y todos los crímenes posibles. Hasta se habla de 30.000 desaparecidos… Desaparecidos es un eufemismo, pero es decir 30.000 personas, acaso secuestradas, torturadas y tal vez asesinadas. Hasta inventaron una guerra”.

Los acontecimientos políticos no lo distraían de su labor literaria; Borges creía que la traducción podía superar al original; a los nueve años tradujo del inglés El príncipe feliz, de Oscar Wilde, y  durante su vida tradujo, retocando finamente, las obras de Edgar Allan Poe, William Faulkner, Virginia Woolf, G. K. Chesterton, André Gide, Franz Kafka, Herman Hesse, Walt Whitman, et al. Borges editó numerosas antologías, destacando su Antología de la literatura fantástica, en la cual colaboraron Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares (Borges también haría mancuerda con Adolfo Bioy en Seis problemas para don Isidro Parodi, y usarían el seudónimo colectivo Honorio Bustos Domecq para la serie de libros de cuentos policiacos: Dos Fantasías memorables, del año de 1946; Crónicas de Bustos Domecq, del año de 1967; y Nuevos cuentos de Bustos Domecq, del año de 1977). Impartió clases de literatura inglesa, desde el año de 1950; recibió el nombramiento de catedrático titular en la Universidad de Buenos Aires, en el año de 1956; además, fue profesor visitante en la Universidad de Texas, los años de 1961 y 1962, y en la de Harvard, los años de 1967 y 1968. Se distinguió como un gran conferencista, destacando la serie de conferencias llamada Siete noches (publicadas en el año de 1980), que pronunció en el teatro coliseo de Buenos Aires, en el año de 1977, en la que habla de La divina comedia, la poesía, Las mil y una noches, la pesadilla, la cábala, el budismo y la ceguera; Borges reflejó en sus ensayos sus interés intelectual por la literatura, la inmortalidad, la filosofía, el tiempo, la mitología, la historia, el cuento policiaco, Argentina, Islandia y Dante Alighieri, que podemos degustar en Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Historia de la eternidad (1936), Otras inquisiciones (1937-52), Evaristo Carriego (1955), Borges oral (1979) y Nueve ensayos dantescos (1982). Desde el año de 1956, se le prohibió leer y escribir para retrasar la pérdida de la visión; Borges contó con la ayuda de su madre y, posteriormente, de su segunda esposa María Kodama (antes tuvo un matrimonio fugaz con Elsa Astete). La ceguera influyó enormemente en su escritura, pues sus poemarios se hicieron cada vez más sencillos, más contundentes: Para las seis cuerdas (1965), El otro, el mismo (1969), Elogio de la sombra (1969), El oro de los tigres (1972), La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Historia de la noche (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985). En su obra poética descubrimos su amor por Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto” (Buenos Aires en el poemario El otro, el mismo); su interés por la mitología hebrea: “El cabalista que ofició de numen / a la vasta criatura apodó Golem; / estas verdades las refiere Scholem / en un docto lugar de su volumen”; su admiración por la poesía japonesa: “¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?” (Haiku 14); su confesión: “He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz. Que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados (He cometido el peor de los pecados); y su consuelo: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha” (Elogio de la sombra).

Sin embargo, el género literario que lo elevó a la gloria fue el cuento; si Marcel Proust, James Joyce y Vladimir Nabokob son los Rafael, Leonardo y Miguel Ángel de la novela, entonces Jorge Luis Borges es el Benvenuto Cellini del cuento. Borges escribió sus relatos con la minuciosidad de un relojero y la perfección artística de un orfebre. En Historia universal de la infamia (1935), agotó las posibilidades del barroco, retando al lector a una competencia intelectual en que, con humorismo y erudición, borró las fronteras entre el cuento y el ensayo para volverlos un mismo territorio, en estas historias de iniquidad protagonizadas por emancipadores, pistoleros, piratas, impostores, samuráis, profetas enmascarados, y un Etcétera con más relatos. En el año de 1941, publicó la serie de cuentos que formaban El jardín de senderos que se bifurcan; Borges agregó seis narraciones más, agrupadas bajo el título general de Artificios (consideraba que eran cuentos de “ejecución menos torpe”), para diferenciarlas de los cuentos de El jardín de senderos que se bifurcan, y las dos partes tomaron el nombre de Ficciones (1944); en el año de 1956, Borges agregaría tres cuentos más a la serie y los incluiría en el apartado de Artificios, quedando de esta manera: I. El jardín de senderos que se bifurcan: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, El acercamiento a Almotásim, Pierre Menard, autor del Quijote, Las ruinas circulares, La lotería en Babilonia, Examen de la obra de Herbert Quain, La biblioteca de Babel ,El jardín de senderos que se bifurcan; II. Artificios: Funes el memorioso, La forma de la espada, Tema del traidor y del héroe, La muerte y la brújula, El milagro secreto, Tres versiones de Judas, El fin, La secta del Fénix, El Sur. Borges sentía predilección por el apartado de Artificios y, especialmente, por el cuento El sur, pues el relato de un bibliotecario que, tras convalecer de un golpe en la cabeza, se adentra en el sur argentino, donde será desafiado a un duelo, le recordaba su convalecencia de una caída, ocurrida en el año de 1938, que aceleró su ceguera: “yo era un miope que ascendió a ciego”. Sin embargo, al margen de las preferencias de Borges, el lector descubrirá que los cuentos de Ficciones tienen una característica que los hermana: su indiscutible calidad. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es la historia del descubrimiento de un país, creado por la sociedad secreta “Orbis Tertius”, según los postulados idealistas de George Berkley, llamado Uqbar, cuya región Tlön es descrita en A First Encyclopaedia of Tlön. Vol. XI. “con sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico”; el cuento, narrado en tono detectivesco, mezcla datos históricos con citas apócrifas: “Alfonso Reyes, harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar”; en el relato La biblioteca de Babel, Borges propone la alegoría del universo como una biblioteca; la Biblioteca de Babel está compuesta de todos los libros posibles, sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, preexiste al hombre y es infinita; no hay dos libros idénticos, el número de símbolos ortográficos usados en los libros es de veinticinco, incluyendo el espacio, la coma y el punto, los libros de Babel están compuestos a partir de una combinación aleatoria de estos signos; Borges remata con una nota de pie de página, la inutilidad de la Biblioteca: “Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas… El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja se desdoblaría en otra análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés”; en Pierre Menard, autor del Quijote, un ejercicio de crítica intertextual, en el que Borges narra la tarea, discreta y heroica, de un novelista francés de escribir nuevamente el Quijote… con las mismas palabras utilizadas por Cervantes; El jardín de  senderos que se bifurcan, el cuento que da nombre al primer apartado, es una reivindicación de la literatura como laberinto, Borges utiliza la técnica del relato de espías para plantear sus ideas filosóficas: el tiempo circular, la identidad del hombre con sus antepasados; Ts’ui Pên, el ancestro del protagonista, renunció a su cargo de Gobernador de una provincia de China para componer una novela y un laberinto; la obra, El jardín de  senderos que se bifurcan, resulta ser “una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên”; en el apartado Artificios destaca el cuento Funes el memorioso, una larga metáfora del insomnio, acerca de Ireneo Funes, un joven con una memoria prodigiosa: “Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”; también, cabe mencionar, el relato detectivesco La muerte y la brújula, en el que Borges, en su fantasía, atribuye a la secta judía de los Hasidim la necesidad del sacrificio de cuatro vidas para obtener las cuatro letras del Tetragrámaton, el inefable Nombre de Dios, la trama es un pretexto para las cavilaciones filosóficas acerca del tiempo como laberinto; y, por último, Tres versiones de Judas, un cuento-ensayo, donde el teólogo Nils Runeberg propone tres versiones de la historia de Judas Iscariote: la primera, Judas entregó a Cristo para forzarlo a declarar su divinidad y encender una rebelión contra el yugo romano; la segunda, Judas traiciona a su maestro por un ilimitado ascetismo, al renunciar al reino de los cielos; la tercera, al hacerse hombre, Dios escogió un destino más humilde: ser Judas.

La creatividad de Borges no se consumió en Ficciones; en el año de 1949, publicó el libro de cuentos El Aleph, dentro del género fantástico (a Borges no le gustaba el término “fantástico”, pues le recordaba a “señoras diciendo: ¡Fantástico, fantástico! para decir: ¡Excelente! o ¡extraordinario!”), en el cual tomó situaciones reales para llevarlas al límite de la irrealidad; destaca el relato que da nombre al libro, así como Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, El inmortal, El muerto, Emma Zunz, El Zahir, La casa de Asterión, La escritura de Dios, La espera, La otra Muerte, Los dos reyes y los dos laberintos, Los teólogos y, especialmente, Deutsches Réquiem, que muestra la ambigüedad de víctima y verdugo en la tortura, refiriéndose al “trágico destino” de la derrotada Alemania nazi, a la que Borges combatió; también es digno de mención Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto, este cuento trata de dos amigos, Dunraven y Unwin, quienes en una tarde de verano nos relatan sus versiones de la historia del caudillo Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto; Borges sigue la técnica del cuentista japonés Ryunosuke Akutagawa (1892-1927), usada en el relato En el bosque, historia de asalto, violación y asesinato contada en diferentes versiones. En el año de 1960, apareció El hacedor, colección de textos breves y poemas dedicada a Leopoldo Lugones; Borges consideraba que era su libro más personal, el avance de su ceguera lo llevó a experimentar con textos condensados, en los que expuso su visión de las literatura universal y la imagen de la Argentina de los Borges,  de esta obra destacan: A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell, Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-74) y Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”. En los once cuentos de El informe de Brodie (1970), Jorge Luis Borges dio un giro inesperado a su método narrativo, a diferencia de El Aleph y Ficciones, que abundan en referencias filosóficas y acertijos intelectuales, estos relatos son sencillos y contundentes, “como los cuentos de Las mil y una noches, quieren distraer y conmover y no persuadir”; Borges no intenta ser un predicador ni un escritor comprometido; sus cuentos Juan Muraña y El encuentro tienen en común la violencia del cuchillo; La intrusa y El evangelio según Marcos se caracterizan por su final despiadado, en la primera narración los celos entre hermanos son resueltos de una forma cruel, mientras que en el segundo cuento el fanatismo llega a límites insospechados; por el contrario, El duelo y La señora mayor, que tratan de mujeres, se desarrollan en un ámbito más amable; mención aparte merece El informe de Brodie, que da su nombre al libro, es una fábula con el humor negro de Jonathan Swift y el exotismo perverso de Voltaire, acerca de la salvaje tribu de los yahoos en un tono satírico que lo distingue del resto de los relatos. En el año de 1975, publicó El libro de arena, relatos “cuyos sueños ―desea el autor— sigan ramificándose en la hospitalaria imaginación” de quienes los lean; el libro inicia con El Otro, el cuento trata del tema del doble: Borges anciano se encuentra con Borges joven; Borges anciano concluye que se trata de un encuentro real para él, y de un sueño para el más joven; El Congreso es un cuento relatado por Alejandro Ferri, quien formó parte del grupo liderado por Alejandro Glencoe y que se propuso la tarea de organizar un Congreso que representara a la humanidad: ¿Cómo se establecerá la representatividad? ¿Qué libros consultará el Congreso? ¿Qué idioma se hablará?; ante la enorme tarea, sólo queda afirmar: “El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo”; Undr es un relato acerca de los urnos, una tribu de pastores, cuya poesía consta de una sola palabra; El libro de arena, cuento homónimo del libro, trata del Libro Sagrado, un libro infinito que obsesiona a quien lo posee: “ni el libro ni la arena tienen principio ni fin”; merece una mención especial Ulrica, el único relato de amor de Borges; narra el encuentro del profesor colombiano Javier Otálora con la misteriosa noruega Ulrica; el epígrafe del relato cita unos versos de la Völsunga Saga, “Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert”, que significan: “El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”; esta leyenda, clave en el cuento, se encuentra reproducida gráficamente en la lápida de Borges, junto al epitafio: “And ne forhtedon na” que significa “Y jamás con temor”, en la ciudad de Ginebra. En el año de 1983, Jorge Luis Borges dio a la imprenta su último libro de cuentos: Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos (después publicado como La memoria de Shakespeare); en el relato La rosa de Paracelso aborda el tema de la fe y la incredulidad; en Tigres azules, la cordura y la demencia; en La memoria de Shakespeare, la existencia y los recuerdos; mientras que en Veinticinco de agosto, 1983, trata de nuevo la paradoja del doble, esta vez un Borges maduro y otro Borges al borde de la muerte; el autor se pregunta cuál de los dos está soñando, y repasa toda su obra, que, en el cuento, concluye con la publicación bajo seudónimo de su “obra maestra”, que será tildada de ser una torpe imitación de Borges “que tenía el defecto de no ser Borges y de haber repetido lo exterior del modelo”.

Jorge Luis Borges sostuvo que su cuento El Zahir (incluido en el libro El Aleph, 1949) explicaba el proceso de la escritura; el relato nació de la palabra inglesa unforgettable (inolvidable), pues el autor creía que si algo fuera inolvidable sería imposible pensar en otra cosa que no fuera el objeto inolvidable; la obsesión que despiertan algunas cosas es el tema del cuento; la historia enumera los objetos que han sido Zahir: una moneda de 20 centavos en Buenos Aires, un tigre en Guzerat en el siglo XVIII, un astrolabio en Persia, una brújula en el siglo XIX, una veta en el mármol de un pilar en la aljama de Córdoba, el fondo de un pozo en Tetuán; el objeto fascina tanto a Borges que está dispuesto a dejar de percibir el universo para contemplar únicamente el Zahir; en cierto sentido, el Aleph es el opuesto del Zahir, pues mientras que ver el Aleph causa que el observador vea todas las cosas, mirar el Zahir provoca que el observador sólo vea y piense en él; así es la buena literatura, un Aleph que nos abre las ventanas del universo, un Zahir que consigue que pensemos obsesivamente, descubriendo siempre nuevas cosas; Borges se preguntó en su poema Alguien soñará: “¿Qué soñará el indescifrable futuro?” Y se respondió: “Soñará que podremos hacer milagros y que no los haremos, porque será más real imaginarlos”.  

 

                                                                                    

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)

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