Armando Santos

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LOS CUENTOS INFANTILES TAL COMO SOLÍAN SER

Pintura “Una niña leyendo”, de Frederic Leighton. Óleo sobre lienzo. Año: 1877. 53.5 x 65 cm.

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung pensaba que el cuento maravilloso o  marchen surge de la misma fuente que los mitos y los sueños: el inconsciente. Dentro de nosotros viven los mejores y los peores actos de nuestros ancestros. Gran parte del material con que trabaja el inconsciente está constituido por represiones conscientes de experiencias reales, pero otro material no proviene de experiencias propias, sino de fuentes arcaicas del pensamiento, cuyo origen lo encontramos en el hombre primitivo. Jung distingue la existencia de un subconsciente colectivo que trabaja de manera amoral e irracional, aunque posee su propia lógica; la coincidencia en la trama de las narraciones se debe a que la imaginación individual saca historias del subconsciente colectivo —imágenes arquetípicas como el héroe, la madrastra, las brujas, el ogro, el dragón, el descenso al infierno y el ascenso al cielo—, reiteradas en todos los cuentos del mundo.

LA CENICIENTA

 

Un claro ejemplo lo encontramos en la historia de la Cenicienta. La versión más antigua de que se tenga registro surge en la mitología griega: la hermosa Psiquis es odiada por la madre de su amado Eros, la celosa Afrodita. Psiquis trata de hacer las paces con su suegra y utiliza de intermediario a la Costumbre, pero la orgullosa Afrodita la entrega a la Tristeza y a la Soledad para que la atormenten. Afrodita le impone a Psiquis duros trabajos, como llevar un vaso lleno de agua negra que brota de una fuente guardada por temibles dragones o bajar a los infiernos para convencer a Perséfone de que le proporcione una parte de su belleza metida en una caja. Pese a las advertencias de algunas voces misteriosas, Psiquis mueve la caja, y de ella sale un vapor que la sumerge en un sueño profundo; sin embargo, Eros fantasmagórico llega justo a tiempo para salvar a su amada y pedir a Zeus que reúna a los dioses a fin de que decidan la suerte de Psiquis. La asamblea de dioses resuelve que Psiquis contraiga nupcias con Eros, y la suegra, Afrodita, tiene que bailar en la boda, un requisito indispensable para que Eros y Psiquis puedan procrear al dios Deleite.

La historia de la Cenicienta no es exclusiva de Occidente. En China, una mujer de pies diminutos era sinónimo de belleza y virtud; en cambio, la desdichada que no tenía los pies pequeños estaba condenada a quedarse sin marido. Los chinos deformaban los pies de las mujeres por medio de vendajes, para reducir sus dimensiones mediante la contracción de los huesos; se pensaba que esta deformación mejoraba la fertilidad de las jóvenes, como ocurre con la siembra: la poda produce frutos más abundantes y jugosos.

Así, los chinos tienen su versión del cuento, datado entre los años 850 y 860 d. C., en una recopilación de relatos escrita por Taun Cheng-shih. El cuento narra las humillaciones que sufre la joven Yeh-hsien a manos de su odiosa madrastra y su fea hermanastra. La chica es obligada a sacar agua de un profundo pozo, siendo su único amigo un pez mágico que vive en un estanque. La madrastra, vestida con los harapos de Yeh-hsien, engaña, secuestra y mata al pez. El cadáver del pez es rescatado del estanque por la joven; las espinas, que conservan su magia, aparecen un vestido y unas zapatillas para que la Cenicienta china pueda ir a un baile, pero al abandonar la fiesta pierde una zapatilla de oro que cae en manos del comerciante más rico de la región. Éste organiza una exhaustiva búsqueda que lo lleva hasta la Cenicienta oriental; la muchacha se calza la zapatilla y se transforma en una mujer tan hermosa como un ser divino. El mercader se casa con ella al tiempo que una avalancha de rocas sepulta a la odiosa madrastra y a su horrible hija.

En Occidente, el cuento escocés Rashin Coatie, recogido en un volumen de 1540, plasma la versión europea de la Cenicienta: la bella Rashin Coatie es forzada por sus padres y su feísima hermanastra a trabajar en el campo. La joven tiene un mágico carnero rojo que le ayuda en sus faenas; sin embargo, sus perversos padres le piden que degüelle al carnero rojo, pues planean asarlo. Rashin desobedece a su familia y huye montada sobre el lomo del carnero; llega al castillo de un rey, donde pide trabajo como ayudante en la cocina. El carnero mágico prepara la cena y le regala a Rashin un vestido de seda y un par de bonitas zapatillas para que pueda asistir a la fiesta del palacio. El príncipe se enamora de la bella Rashin Coatie, pero la muchacha debe regresar a la cocina y, al salir apresurada, pierde una zapatilla. El príncipe le encarga a un mayordomo que pruebe la zapatilla a todas las jóvenes de la comarca; el sirviente no encuentra a la propietaria de la zapatilla hasta que llega a una vivienda. La señora de la casa corta los dedos de los pies de su hija y, como el pie aún es demasiado grande para embonar en la zapatilla, le rebana el talón; el príncipe, engañado, acepta casarse con la joven para mantener su promesa. Cuando se acerca el día de la boda, un pajarito cuenta cantando el ardid de que fue víctima el príncipe y le indica el sitio donde está la legítima dueña de la zapatilla; el príncipe se dirige a la cocina del castillo de su padre y le prueba el calzado a Rashin; una vez que éste embona, el príncipe y Rashin se comprometen en matrimonio; después le construyen una casa al carnero que tan amablemente se portó con la jovencita.

Los morbosos lectores de las antiguas adaptaciones de la Cenicienta se solazaban leyendo los detalles de la brutal mutilación de los pies a que se sometía a las mujeres, en el vano intento de calzarse la preciosa zapatilla de piel. El cuento La Gatta Cennerentola, escrito por el conde Giambattista Basile, incluido en el libro de relatos Lo cunto degli cunte, en el que diez mujeres napolitanas cuentan una historia por día durante cinco jornadas. La obra de Basile, publicada en 1637, fue conocida como el  Pentamerone, dada su similitud con el Decamerone de Boccaccio, otra colección de cuentos narrados en jornadas. Zezolla, la Cenicienta de Basile, es la hija única de un príncipe, pero tiene una madrastra que la odia. La muchacha le cuenta su problema a la institutriz, quien le sugiere que mate a su madrastra. Zezolla sigue el consejo: cuando la mujer se agacha para mirar el fondo de un arcón, la muchacha deja caer la pesada tapa y la desnuca; en retribución, Zezolla convence a su padre de que se case con la institutriz. La joven es víctima de los malos tratos de su nueva y malagradecida madrastra, quien manda traer a sus seis antipáticas hijas, que echan a la jovencita de los aposentos y la obligan a trabajar todo el día en los quehaceres del castillo. Zezolla duerme sobre las cenizas del piso, junto con una gallina y un gato, por lo que recibe el apodo de la Gatta Cennerentola, es decir, “la gata cenicienta”. La jovencita, que anhela asistir a una fiesta, recibe la ayuda de las hadas de Sardinia, quienes le regalan un árbol mágico; la muchacha formula su deseo ante el árbol y, de pronto, se ve emperifollada con elegantes atavíos. En la fiesta de gala, el rey se enamora de Zezolla y ordena a su sirviente que averigüe quién es la bella joven, pero Zezolla sale apresuradamente del salón. La escena se repite en otro baile, sin que el sirviente pueda alcanzar a la escurridiza Cenicienta. En la tercera celebración, cuando la muchacha abandona el salón, pierde una zapatilla; el rey manda traer a todas las invitadas, prueba el calzado a cada una hasta que la zapatilla encaja perfectamente en el pie de Zezolla; luego, el monarca enamorado la sienta en su trono y la corona como su reina, para coraje de su malévola madrastra y sus envidiosas hermanastras.

El genial Charles Perrault escribió su versión de la Cenicienta, el año de 1697; en ella, un noble vivía feliz, con su mujer y su bella hija, hasta que fallece su esposa. El viudo se casa por segunda vez con una mala mujer que tenía dos hijas arpías; la madrastra impone a la hija de su marido las tareas más viles de la casa; cuando ésta termina sus quehaceres, se instala en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, adquiriendo el apodo de “Culocenizón” (la hermanastra más pequeña, que no es tan mala como la mayor, la llama “Cenicienta”). Un príncipe invita a un baile a todas las personas distinguidas; aquí Charles Perrault introduce una bondadosa hada madrina, que con su varita mágica transforma una calabaza en una hermosa carroza, seis ratas en seis magníficos caballos, un ratón en un cochero y seis lagartos en seis elegantes lacayos, y cambia los andrajos de Cenicienta por magníficos vestidos de paño de oro y plata, recamados con pedrerías; luego le da un par de zapatillas de cristal; pero le aconseja que regrese antes de la medianoche, advirtiéndole que si se queda en el baile un minuto más, su carroza volverá a convertirse en calabaza, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos y sus bellos vestidos recuperarán su forma primitiva. El baile en el castillo nos recuerda al Palacio de Versalles, refleja el lujo de la Francia de Luis XIV. Cuando dan las once tres cuartos; Cenicienta hace una gran reverencia a los asistentes y se va a toda prisa. En el siguiente baile se repite el rito, y Cenicienta pierde una zapatilla de cristal. Perrault cambió el calzado de piel jaspeada (vair,en francés) por una zapatilla de cristal (verre), cuyas dimensiones no pudieran alterarse y que fuera transparente. Tan importante le pareció a Perrault su aportación al cuento que tituló a su obra La Cenicienta o la zapatilla de cristal. El príncipe ordena la búsqueda de la propietaria de la zapatilla, Cenicienta la introduce en su pie y, con ayuda de su hada madrina, enseña la otra zapatilla de cristal. El príncipe se casa con Cenicienta, las hermanastras se arrojan a los pies de ésta para suplicarle perdón. Cenicienta les pide que se levanten y, abrazándolas, las perdona de todo corazón y les ruega que siempre la quieran, luego las casa con un par de aristócratas. En su moraleja, Perrault admite la gran conveniencia de tener inteligencia y talento, sin embargo señala que “nada ha de sacar /en su avance por las rutas del destino /quien, para hacerlos destacar, /no tenga una madrina o un padrino”. El relato permanece fiel a su tradición oral; pero, ya que el cuento está elaborado para ser leído en la corte, se eliminó cualquier asunto escabroso; así no sorprende que la película Cenicienta (1950) de Walt Disney, se haya basado en el cuento de Perrault.

En el año 1812, la Cenicienta alemana de los hermanos Grimm siguió otro camino; si bien el argumento está copiado del cuento de Perrault, con algunas discrepancias: las zapatillas son de oro y diamantes, transforma el hada madrina en un hada disfrazada de paloma y toma del relato de Basile la figura del árbol mágico, en este caso un avellano; a diferencia de Perrault, no censura las escenas sombrías:

“La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla; su madre la acompañaba; pero no le cabía el dedo gordo y el zapato le quedaba muy pequeño; entonces, la madre, sosteniendo un cuchillo, le dijo: ‘¡Córtate el dedo!, cuando seas reina no necesitarás andar a pie’; la muchacha se cortó el dedo gordo, introdujo a la fuerza el pie en el zapato, reprimió el dolor, salió y se presentó ante el príncipe”.

La segunda hermanastra se corta su talón para que el pie encaje, pero la misma paloma advierte de nuevo; finalmente, aparece Cenicienta, su pie encaja en la zapatilla y la paloma se posa en el hombro de la joven, indicando que es la correcta. En algunas versiones del cuento germano se incluye un final donde el bien triunfa y el mal es castigado:

“Cuando llegó el día del enlace nupcial, se presentaron las falsas hermanas deseosas de congraciarse con Cenicienta para participar de su suerte; después, cuando salieron de la boda, la mayor iba a la izquierda y la menor a la derecha: entonces, las palomas, de sendos picotazos, les sacaron un ojo a cada una; de esta manera, como castigo por su maldad y falsedad, quedaron ciegas para el resto de sus vidas”.

FÁBULAS Y PIADOSOS RELATOS DE HORROR

                 En la Edad Media los niños conocieron los cuentos infantiles por medio de la tradición oral. Los infantes escuchaban los relatos de boca de sus padres, eran historias que mezclaban un mundo de fantasía con la más cruda realidad. En la Europa del siglo XVI, los escasos niños que sabían leer sólo conocían Las Fábulas, de Esopo, una obra griega del siglo VI a. C., o Las Fábulas, de Fedro, la versión latina del siglo I a. C., de las fábulas de Esopo. Estos autores presentaban relatos que encerraban una enseñanza moral y sus personajes eran, generalmente, animales a los cuales se les daba la palabra. La fábula se mantuvo como la única literatura apropiada para los niños; sin embargo, en 1578, Sigmund Feyerabend, un autor y editor alemán, publicó una colección de grabados que ilustraban varias fábulas y cuentos populares germanos, con un texto que se limitaba a unos pies de grabado bastante extensos. El libro tuvo un éxito arrollador (la memoria de Feyerabend, precursor de los editores, es honrada hoy con la más importante feria anual del libro de Europa, que se celebra cada otoño en Frankfurt, su ciudad natal).

El libro predilecto de los chiquillos, a fines del siglo XVI, aunque no iba destinado a ellos, fue Actes and Monuments, de John Foxe, conocido popularmente como El libro de los mártires, una obra con ilustraciones de impenitentes ardiendo en las llamas del infierno, así como escalofriantes escenas de santos agonizantes en el martirio y de cristianos sometidos a los azotes, la lapidación y el descabezamiento. En el año 1657, llegó a la imprenta un libro de texto realmente dedicado para los niños: el Orbis Sensualium Pictus, del checo Johannes Amos Cemenius, publicado en Núremberg, Alemania; una obra enciclopédica en latín con texto e ilustraciones que combinaba palabras, diagramas y grabados para ayudar a leer a los niños.

En el siglo XVI, la imprenta aceleró la producción de libros baratos para los infantes; se trataba de textos e ilustraciones de pocas y mal impresas páginas que contenían cuentos populares y rimas cómicas, que eran vendidas por buhoneros en los caminos rurales, los pueblos y las ciudades. Muchos de estos cuentos y canciones infantiles podrían considerarse inmorales e inhumanos; pero desde el siglo XVII hasta principios del XIX, los niños eran tratados como pequeños adultos; las familias vivían apretujadas en míseros cuartos; los niños veían la embriaguez de los adultos y, al igual que éstos, trabajaban hasta que se ponía el Sol, maldecían y presenciaban la actividad sexual de sus padres; los azotes, los ahorcamientos, los descuartizamientos, la prisión en masa y otros castigos públicos eran grandes espectáculos vistos por gente de todas las edades; la vida era dura, las enfermedades diezmaban a las familias. Por tanto, los cuentos consideraban la vida y la muerte como un hecho natural.

HANSEL Y GRETEL

En el año 1812, los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm recopilaron en su libro Cuentos para niños y para el hogar más de doscientos relatos que les transmitieron los campesinos de Alemania. Hansel y Gretel les fue contado a los dos hermanos por una joven llamada Doretchen Wiid, que años más tarde se convertiría en la esposa de Wilhelm Grimm. El cuento narra la historia de dos niños abandonados por sus padres en un bosque lleno de bestias peligrosas, los pequeños caen en las garras de una bruja que los engorda con el propósito de comérselos, pero el par de astutos chiquillos acaba haciendo caer a la bruja en su propio horno y, finalmente, huyen después de robar a la anciana. La historia se hizo muy popular a partir de 1893, el año en que el alemán Engelbert Humperdinck estrenara en Múnich una ópera infantil, basada en el cuento; sin embargo, luego de los crímenes de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, el cuento fue leído con horror. Cuando se celebró en Múnich una importante exposición de libros infantiles, muchos asistentes protestaron coléricos contra la incineración de un adversario en un horno, tal como narra el cuento. Hansel y Gretel ya era políticamente incorrecto.

BLANCANIEVES

Una muestra de que el cuento infantil no es como Walt Disney lo pinta, es la historia de Blancanieves y los siete enanos. En el siglo II, d. C., Lucio Apuleyo narra en un pasaje de su libro Las Metamorfosis o El asno de oro las tribulaciones de una jovencita perdida, que es “salvada” por unos ladrones, prefigurándose la fotografía en negativo de los siete enanitos:

“Los ladrones no tardaron en regresar inquietos y afligidos, sin una triste túnica de botín, pero arrastrando entre todos una muchacha de buen porte, con aspecto de pertenecer a la aristocracia del país; era una chiquilla —¡por Hércules! apetecible incluso para un asno como yo—, que venía llorosa, mesándose los cabellos y el vestido. Nada más meterla en la cueva, le dijeron para que cesara en sus lamentos: ‘Estate tranquila, que ni tu vida ni tu honra corren peligro; nos vemos obligados a este oficio miserable por pura necesidad. Por muy codiciosos de sus riquezas que sean tus padres, habrán de ceder sin tardanza a pagar el rescate adecuado para la hija de sus entrañas’”.

La escena da pie a que una anciana le cuente a la muchachita la historia de Cupido y Psiquis: la hermosura de Psiquis competía con la de su suegra Venus, la diosa romana de la belleza, hasta el punto de que disminuye el culto de la diosa del amor y sus imágenes se estaban quedando sin ofrendas. Venus empieza a tramar su venganza contra la esposa de su hijo Cupido, el Eros romano: “Esta jovencita, quienquiera que sea, no va a usurpar por más tiempo mis honores; ya haré yo que se arrepienta de su afamada belleza”. El pasaje nos recuerda a la pregunta de la madrastra de Blancanieves de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm: “Espejo, espejito de la pared, ¿quién es la más hermosa de todo el país?”

Antes de los hermanos Grimm, Giambattista Basile, en el Pentamerone, escribió una versión de la historia llamada La joven esclava: el relato inicia cuando Lilla, la hermana de un barón de la Selva Negra, se embaraza al comer la hoja de un rosal. A los nueve meses nace su hija Lisa; Lilla manda traer a las hadas para que le obsequien sus dones a la nena, pero un hada tropieza y maldice a la recién nacida: cuando Lisa celebre sus siete años, su madre le pondrá una peineta en su cabello y la niña morirá. La profecía se cumple y la negligente madre deposita el cuerpo de su hija en siete ataúdes de cristal; después, Lilla se enferma de muerte y, antes de fallecer, hace prometer a su hermano el barón que nunca abrirá la habitación donde se encuentra el cadáver de Lisa. Pasan los años, el barón sale de cacería. La baronesa curiosa abre el cuarto prohibido y encuentra a Lisa, que ha crecido en tamaño y belleza, al tiempo que los ataúdes de cristal se han alargado para permitir el desarrollo de la muchacha que parece estar dormida. La baronesa, celosa de la hermosura de Lisa, trata de matar a su rival; abre el sarcófago, pero al arrastrar a la muchacha por los cabellos, saca la peineta, despertando a la joven. La baronesa la obliga a trabajar como una esclava. Más tarde, el barón se dispone a ir a una gran feria, por lo que pregunta a cada habitante del castillo qué obsequio desean; cuando le toca el turno a Lisa, la baronesa monta en cólera y le reclama a su marido de una manera poco cristiana: “Está bien, trátala como a todos los demás; deja que todos desciendan al mismo nivel y utilicen el mismo urinal de esta esclava trompuda; no le prestes atención a esta perra inútil; deja que se vaya al demonio”; el barón de la Selva Negra, un hombre amable y cortés, insiste en que Lisa solicite un regalo; la jovencita pide una muñeca, un cuchillo y una piedra. El barón cumple con el encargo; Lisa cuenta sus cuitas a la muñeca y al no obtener una contestación de la figura de trapo, abre el vientre de la muñeca con el cuchillo y le introduce la piedra; la muñeca cobra vida y responde: “¡Está bien, comprendo, no estoy sorda”. Un día, el barón espía a Lisa por la cerradura de la puerta, y escucha que la jovencita le confiesa a la muñeca toda su historia, desde que nació hasta que se volvió esclava de su tía; la muchacha se dispone a suicidarse con el cuchillo que está afilando en la piedra, cuando el barón entra en el cuarto y le arrebata el cuchillo a la joven. El hombre abraza a su sobrina y la pone a cargo de unos parientes. Lisa se vuelve más bella que una diosa; el orgulloso tío le compra una casa y le dice a todo el mundo que ella es su sobrina. Luego, el barón celebra un banquete, donde le pide a Lisa que cuente acerca de los duros trabajos que fue obligada a realizar por su desalmada tía; la triste historia hace llorar a los invitados; tiempo después, el barón manda a su esposa de regreso con sus familiares, y permite que su sobrina se case con un novio guapo de su propia elección. Al final del cuento, Lisa puede atestiguar que “el cielo hace llover bendiciones cuando menos las esperamos”.

La versión de Blancanieves, narrada a los hermanos Grimm por la familia Hassenplug, a la que Wilhelm se enlazaría mediante un matrimonio, trata de manera similar la historia de una pequeña princesa que tenía un cutis blanco como la nieve, labios rojos como la sangre, y cabellos negros como el ébano, su nombre era Blancanieves. Al morir la madre de Blancanieves, el rey contrae segundas nupcias con una mujer bella y despiadada, quien ordena a un cazador que lleve a la chiquilla al bosque y la mate, pero el cazador se apiada de la niña y le aconseja buscar un escondite. Blancanieves llega a la casa de siete enanitos mineros que le dan refugio; la madrastra, que era una bruja, consulta a su espejo mágico para ver si hay una mujer más preciosa que ella y descubre, para su despecho, la imagen de Blancanieves con los siete enanos. La malvada reina se viste como una vieja comerciante y le vende un precioso corpiño a Blancanieves; al probárselo, la madrastra le aprieta en forma tal los cordones que  Blanca Nieve pierde la respiración y cae exánime; llegan los enanitos, desatan el corpiño y Blanca Nieve comienza a respirar. La reina consulta su espejo mágico con los mismos resultados; enfurecida, la reina confecciona un peine envenenado, se disfraza de otra vieja comerciante y hunde, mediante engaños, el peine en los cabellos de Blancanieves, quien pierde el conocimiento; los enanitos no tardan en llegar, encuentran a Blancanieves en el piso, retiran el peine envenenado y la muchacha recobra el conocimiento. Al entrar en su castillo, la reina malvada pregunta a su espejo y recibe la misma contestación: “Blancanieves es mil veces más bella que tú”; la furiosa reina prepara una manzana envenenada, se disfraza de campesina y le ofrece a Blancanieves el fruto emponzoñado; Blancanieves cae muerta; esta vez los enanitos no pueden resucitarla y la depositan en una caja de cristal. Cierto día pasa un príncipe que se enamora de Blancanieves; el aristócrata pide a los enanitos que le regalen el féretro, los enanos acceden y el príncipe ordena a sus criados que se lo lleven, pero éstos tropiezan en la raíz de un árbol y, por la sacudida que sufre el sarcófago de cristal, el pedazo de la manzana envenenada sale de la garganta de Blancanieves. La hermosa despierta, los enanitos celebran el hecho y el príncipe se casa con Blancanieves”. Podríamos decir “colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, pero la mayoría de los traductores del cuento de los Grimm censuran un pasaje tenebroso, que se incluye en la película de Disney, Blancanieves y los siete enanitos: la reina ordena al cazador el asesinato de Blancanieves y exige que, como prueba, le entregue el corazón y el hígado de la niña. Si bien Disney rescata este suceso macabro del cuento original, censura otro incidente aún más horrendo del relato de los hermanos Grimm: el cazador sustituye el corazón y el hígado de Blancanieves por el de un cervatillo, por lo que la reina, creyendo que tanto el corazón como el hígado son de Blancanieves, hace que la cocinera los condimente y se los come; para aumentar el horror, la reina malvada es invitada al casamiento de Blancanieves  (igual que Afrodita en la boda de Eros y Psiquis), donde recibe su justo castigo: es obligada a calzarse unos zapatos de hierro al rojo vivo que la impulsan a bailar frenéticamente hasta caer muerta.

Encontramos un final parecido en el cuento Los zapatos rojos, del escritor danés Hans Christian Andersen (incluido en el libro Cuentos de hadas, contados para niños, publicado entre 1835 y 1872), en el que Karen, una niña tan gentil como encantadora, anda siempre descalza, porque es pobre, hasta que un vieja dama la adopta y le regala unos zapatos rojos, que resultan estar hechizados y provocan que Karen baile y baile sin descanso, hasta que el verdugo le corta de un hachazo las extremidades.

En los cuentos de Andersen, la muerte se presenta como una liberación. En La pequeña vendedora de fósforos, una niña pobre muere víctima del hambre y el frío:

“El sol de la Navidad iluminó su helado cuerpecito, la niña estaba rígida, con el paquete de fósforos del cual había quemado una caja; ‘Sin duda trató de calentarse’, dijo la gente, pero nadie supo qué maravillosas visiones había visto, ni a qué gloria había subido llevada por los brazos de su abuela”.

Mientras que en El niño en la tumba, el mensaje es concluyente: “Nuestra suerte está en manos del Señor, ¡bendita sea su voluntad!” No menos trágico es el cuento La sirena, que señala:

“Tú, pobrecita sirena, has luchado con todas tus fuerzas para el mismo fin; has sufrido y penado; por tus buenas obras te has elevado hacia el mundo de los espíritus y puedes ganarte un alma inmortal al cabo de trescientos años”.

Mejor suerte tuvo La niña judía, quien no debió esperar tres siglos para subir al cielo, sino que por su fe en Jesucristo ascendió a las moradas celestiales, a pesar de que mantuvo su creencia en secreto y fue sepultada junto al muro de la iglesia por ser considerada una practicante de la fe mosaica.

No hay que confundir el cuento Blancanieves, con otro relato también de los hermanos Grimm, Blancanieve y Rojaflor, pues este último narra la historia de una viuda que vivía en una pequeña choza, en cuyo jardín había dos rosales: uno, de rosas blancas, y el otro, de rosas color carmesí. La mujer tenía dos hijitas, buenas, piadosas, hacendosas y diligentes, que se parecían a los dos rosales, y se llamaban, ¡Adivinen!, Blancanieve y Rojaflor. Una noche, llamaron a la puerta de la modesta habitación. La madre dijo: “Abre, Rojaflor; será algún caminante que busca refugio”. Corrió Rojaflor a descorrer el cerrojo; pero era un oso, el cual asomó por la puerta su gorda cabezota negra. Las pequeñas corrieron despavoridas a esconderse. Ante el temor de las niñas el oso, que entre sus gracias tenía la capacidad de hablar, las tranquilizó con unas palabras: “No temáis, no os haré ningún daño. Estoy medio helado y sólo deseo calentarme un poquitín”. La madre hospitalaria se puso de parte del oso: “¡Pobre oso! Échate junto al fuego y ten cuidado de no quemarte la piel. Blancanieve, Rojaflor, salgan, que el oso no les hará ningún mal; lleva buenas intenciones”. El oso, complacido por el buen trato de la familia, regresó varias veces a la choza. Las niñas, que se habían familiarizado con el animal, le hacían mil diabluras: le tiraban del pelo, apoyaban los piececitos en su espalda, lo zarandeaban de un lado para otro, le pegaban con una vara de avellano… Y si él animal gruñía, se echaban a reír. El oso se sometía complaciente a sus juegos, y si alguna vez sus “amiguitas” pasaban un poco de la raya, suplicaba: “Déjenme vivir, Rositas; si me martirizan es a vuestro novio a quien matan”. Una vez que terminó el invierno y llegó la primavera, el oso se marchó al bosque, “a guardar mis tesoros y protegerlos de los malvados enanos” (nótese que en este cuento los malos son los enanos). Pasó el tiempo, y un día, que la madre envió a las niñas al bosque a buscar leña, éstas se toparon con un enano que tenía la barba blanca atorada en la hendidura de un árbol; las niñas liberaron al pequeñito cortando la punta de su barba, pero el hombrecito, en lugar de agradecerles, les reclamó: “¡Qué gentezuela más torpe! ¡Cortar un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué os lo pague el diablo!” Y tomando su saco de oro se alejó. Algún tiempo después, mientras paseaba por el río, se encontraron al mismo hombrecito, quien había estado pescando, pero con tan mala suerte que el viento le había enredado el sedal en la barba, y al picar un pez se llevaba al pequeño al agua; las niñas volvieron a cortar la barba del enano, y éste volvió a insultarlas: “¡Estúpidas! ¿Qué manera es esa de desfigurarle a uno? ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortan otro gran trozo? ¿Cómo me presento a los míos? ¡Ojalá tuviesen que echar a correr sin suelas en los zapatos!” Y, cogiendo un saco de perlas, se marchó sin decir más. Otro día, la madre envió a las dos hermanitas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas, y en el camino cruzaba por un erial, donde había grandes rocas dispersas, vieron que un águila se llevaba entre sus garras al desagradecido enano. Las compasivas niñas sujetaron con todas sus fuerzas al hombrecillo y no cedieron hasta que el águila soltó a su víctima. De nuevo, el bilioso hombrecito insultó a las piadosas criaturas: “¿No podían tratarme con más cuidado? Me han desgarrado la chaquetita, que ahora está toda rota y agujereada, ¡ustedes no son más que torpes!” Y cargando con un saquito de piedras preciosas se metió en su cueva, entre las rocas. Las niñas, acostumbradas a la ingratitud y los berrinches del enano, prosiguieron su camino a la ciudad. De regreso, al pasar de nuevo por el erial, las muchachitas sorprendieron al enano, que contemplaba extasiado cómo sus piedras preciosas, esparcidas por el suelo, brillaban con la luz del Sol. Cuando el irascible pequeño vio a las niñas, comenzó a vilipendiarlas: “¿Por qué se paran ahí, con sus caras de babosas?” Pero, en eso, se oyó un fuerte gruñido y apareció un oso negro, que venía del bosque; era el amigo de las niñas que atrapó al odioso enano, quien suplicaba: “Querido señor oso, perdóneme la vida y le daré todo mi tesoro; vea todas esas piedras preciosas que están en el suelo. No me mate. ¿De qué le servirá una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Ni me sentiría entre los dientes. Mejor es que se coma a esas dos malditas muchachas; ellas sí serán un buen bocado, gorditas como tiernas codornices. Cómaselas y que le hagan buen provecho”. El oso, sin hacer caso de sus palabras, mató al malvado hombrecillo de un zarpazo. Para sorpresa de las muchachitas, el animal se desprendió de su espesa piel y quedó transformado en un encantador joven, vestido de brocado de oro, que luego explicó a las jovencitas: “Soy un príncipe y ese malvado enano me había encantado, robándome mis tesoros y condenándome a errar por el bosque en figura de oso salvaje, hasta que me redimiera con su muerte. Ahora ha recibido el castigo que merecía”. Dicho lo anterior, el cuanto termina como telenovela mexicana, es decir, en boda: Blancanieve se casó con el príncipe ex oso, y Rojaflor, con su hermano, y se repartieron la fortuna que el enano había acumulado en su cueva. La anciana madre se mudó con sus hijas al palacio, llevándose consigo los dos rosales, que siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas blancas y rojas. Y vivieron felices y comieron perdices.

BARBA AZUL

 

Cuando, en la Francia de 1697, Charles Perrault escribió Barba azul, se basó en dos casos históricos, aunque no menos tétricos: un juicio celebrado durante el siglo VI, d. C., contra un hombre que había asesinado a varias esposas, y el caso del asesino en serie Gilles de Rais. El cuento narra la historia de un poderoso hombre, que tenía la barba azul, esto lo hacía tan feo y aborrecible que las jóvenes le huían, además ya se había casado varias veces y todos ignoraban qué había pasado con esas mujeres; sin embargo, una bella jovencita, deslumbrada por la riqueza del próspero Barba Azul, descubre que el magnate ya no tiene la barba tan azul y que es un hombre muy correcto, así que acepta casarse con él. Barba Azul prohíbe a su nueva esposa abrir una puerta de su inmenso castillo, la curiosa joven desobedece a su marido y encuentra los cadáveres de sus anteriores mujeres; en eso llegó Barba Azul, quien descubre la desobediencia de su esposa y decide asesinarla; la joven escapa de la muerte, tras el oportuno arribo de sus hermanos que matan al cruel auto viudo. Si bien las leyendas y relatos similares de un aposento prohibido, la curiosidad de una mujer y el rescate de ésta en el último momento, existen en la tradición oral de todas las civilizaciones, el proceso de Gilles de Rais, celebrado en 1440, era un hecho que fascinaba aún a la Francia de finales del siglo XVII; pues el barón Gilles de Rais fue un mariscal de Francia, héroe de la guerra contra los ingleses, que había peleado al lado de Juana de Arco; pero que, finalizado el conflicto, torturó, abusó sexualmente, dio muerte y decapitó a ciento cuarenta niños, en un ritual de alquimia y satanismo, supuestamente para incrementar su poder y sus riquezas. En el cuento de Perrault, la moraleja advierte:

“La curiosidad, teniendo sus encantos, /a menudo se paga con penas y con llantos”. Pero, en la siguiente moraleja, se lamenta: “Por poco que tengamos buen sentido /y del mundo conozcamos el tinglado, /a las claras habremos advertido /que esta historia es de un tiempo muy pasado; /ya no existe un esposo tan terrible, /ni capaz de pedir un imposible, /aunque sea celoso, antojadizo. /Junto a su esposa se le ve sumiso /y cualquiera que sea de su barba el color, /cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor”.

LA BELLA DURMIENTE

El ingenio macabro de Perrault también permanece en cuentos como La bella durmiente del bosque. Resulta casi imposible enumerar las distintas adaptaciones de la historia; hay versiones en dibujos animados, como La bella durmiente,de Walt Disney; también encontramos interpretaciones contemporáneas, como el sublime cuento La casa de las bellas durmientes, del escritor japonés Yasunari Kawabata, y la malograda versión de Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes. De cualquier manera, La bella durmiente del bosque, la primera narración del libro Cuentos de un tiempo pasado, de Charles Perrault, publicado en Francia en 1697, cuenta la historia de una princesa que debe morir al pincharse un dedo con un huso, según la maldición de un hada maligna resentida por no haber sido invitada al bautismo de la princesa; pero un hada benigna consigue que la maldición se convierta en un largo sueño de cien años, del que será despertada la princesa con toda su corte por un príncipe. Efectivamente, el apuesto príncipe descubre a la princesa, la bella durmiente despierta con toda su corte y se casa con el heredero del monarca; la pareja tiene una hija llamada Aurora y un hijo llamado Día. El rey muere y el príncipe asciende al trono; el nuevo soberano se va a hacer la guerra; la reina madre, una descendiente de los ogros, aprovecha la ausencia de su hijo y ordena a su mayordomo que le prepare a su nieta Aurora en salsa. El mayordomo, enternecido por la niña de cuatro años, suplanta a Aurora por un corderito; la reina madre afirma que nunca había probado un platillo tan sabroso y pide al mayordomo que le sirva en la cena al pequeño Día; en vez del niño, el mayordomo entrega a la reina un cabrito muy tierno que la reina madre encuentra exquisito. Una tarde, la perversa reina le pide al mayordomo que le guise a la bella durmiente con la misma salsa con que cocinó a sus hijos; el mayordomo prepara una cierva en lugar de la reina; un día, la reina madre reconoce las voces de la bella durmiente y de sus dos hijos, y furiosa por haber sido engañada, ordena que la reina, sus hijos, el mayordomo, su mujer y su criado, sean arrojados a un tonel lleno de sapos y serpientes. En eso llega el rey, quien pide que alguien le explique este horrible espectáculo, nadie le responde y la reina madre, enfurecida por el inoportuno arribo de su hijo, se tira de cabeza dentro del tonel y es devorada por las bestias. El rey se entristece por la muerte de su madre, pero es consolado por su mujer y sus hijos. Perrault se queja, en la moraleja del cuento, de que las muchachas ya no esperan pacientes la llegada del marido idóneo: “Esperar algún tiempo para hallar un esposo/ rico, galante, apuesto y cariñoso/ parece una cosa natural/ pero aguardarlo cien años en calidad de durmiente/ ya no hay doncella tal que duerma tan apaciblemente”.

El cuento Sol, Luna y Talía (1637), incluido en el Pentamerone de Giambattista Basile, es la primera versión escrita de la Bella Durmiente; ya que la historia forma parte de la tradición oral europea. El argumento de Sol, Luna y Talía es parecido a La bella durmiente del bosque, salvo por algunos detalles: en el cuento de Basile unos sabios advierten a un gran noble que Talía, su hija recién nacida, corre el riesgo de morir al pincharse con una astilla envenenada oculta entre el lino; el aristócrata prohíbe el lino en su palacio; pero la profecía se cumple: Talía, siendo adolescente, se pincha debajo de una uña con la astilla de una rueca de lino y cae muerta. El padre deposita el cadáver de su hija sobre un paño de terciopelo, cierra la puerta de su castillo enclavado en medio de un bosque y se marcha del lugar; tiempo después, un rey que cazaba en el bosque descubre el palacio abandonado y el cuerpo inerte de la joven, asombrosamente bien conservado. El monarca piensa que la joven está dormida, por lo que trata de despertarla a gritos, pero la bella durmiente no responde; el rey, en vez de limitarse a darle un beso, desflora a Talía; tras cometer la violación, el necrófilo soberano huye. Nueve meses más tarde, la durmiente Talía da a luz una pareja de gemelos, un niño y una niña llamados Sol y Luna; las hadas colocan a los bebés cerca de los pechos de su madre, para que se alimenten. Un día, Luna chupa el dedo de Talía y extrae la astilla envenenada, despertando de su largo sueño a la bella durmiente. Mientras, el rey, recordando su placentera “cita amorosa” con la rubia y bella Talía, retorna al castillo abandonado, donde encuentra a su amada acunando a sus pequeños; el monarca, visiblemente emocionado, declara ser el padre de los niños. La confesión “fortalece la amistad de la pareja”, que pasa unos días románticos hasta que el rey abandona de nuevo a la bella durmiente… para volver con su esposa, la reina. El monarca enamorado repite el nombre de Talía, Luna y Sol a cada momento, la reina celosa lo escucha y ordena al secretario del rey que traiga, por medio de engaños, a los hijos bastardos de su esposo. Apresados los niños, los entrega al cocinero con la exigencia de que degüelle a los dos infantes y prepare un sabroso guisado con ellos. La historia adquiere un parecido a la leyenda griega de Tereo y Progne (Tereo seduce y le corta la lengua a su cuñada Filomela, para silenciarla; Progne se entera del crimen, mata a su hijo y se lo da de comer a su esposo), pues cuando el rey alaba el delicioso sabor del platillo, la reina le dice malignamente: “Estás comiendo lo que es tuyo”; al principio, el monarca no entiende la indirecta, después comprende que algo terrible ha sucedido. El rey se marcha a una villa campestre para enfriar su enojo; pero no hay motivo para estar enojado, pues el cocinero puso a salvo a los niños y los sustituyó por carne de cabra, aunque se le olvidó comentárselo al rey; mientras tanto, la malvada reina, no conforme con lo que había hecho, pide al secretario que traiga a la bella durmiente; una vez que tiene enfrente a su rival de amores, la reina insulta a Talía, quien comienza a ofrecer disculpas, pero la reina no escucha sus palabras y ordena que sea quemada viva en una hoguera. Cuando la bella durmiente está a punto de ser incinerada, llega el rey, quien pregunta dónde están sus hijos; la reina narra cínicamente lo que hizo con los pequeños Sol y Luna. El rey manda que la reina, el secretario y el cocinero sean quemados en la hoguera destinada para Talía; el cocinero, antes de ser arrojado a la pira, confiesa que salvó a los hijos de su monarca; la esposa del cocinero trae a Sol y Luna, confirmando así las palabras de su marido; el rey perdona al cocinero y lo nombra su Canciller, después el soberano se casa con Talía, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

RICITOS DE ORO

La Revolución Industrial del siglo XIX dio paso a las estrategias de comercialización; la producción masiva obligó a los comerciantes no sólo a ganar clientes sino a crearlos. Así, los niños pasaron de ser los “pequeños adultos” a “los angelitos del hogar”. Un niño, según la propaganda comercial de la época victoriana, era un ser inocente que no debía contaminar su cabeza con ninguna clase de información sucia o violenta; pese a que las condiciones precarias de la mayoría de los infantes se mantuvieron inamovibles, el concepto que se tenía de los niños cambió. Los cuentos infantiles tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Una muestra de esta transformación fue el cuento de  Ricitos de oro y los tres osos. La versión original data de 1831, se titula El cuento de los tres osos relatado métricamente, con ilustraciones que lo sitúan en Cecil Lodge, en septiembre de 1831, con el subtítulo de El célebre cuento infantil. El relato, que escribió Eleanor Mure, para su sobrino Horace Brooke, narra la invasión de la casa de los osos por una vieja maligna que se resiste a salir; los osos tratan de expulsarla por diversos y crueles medios: “Al fuego la arrojaron, pero no la pudieron quemar, /en el agua la metieron, pero no se dejó ahogar”. En su desesperación, a los osos no les queda otra salida que empalar a la anciana en la aguja del campanario de la Iglesia de San Pablo. La adaptación más popular del cuento le corresponde al poeta inglés Robert Southey; la narración, del año 1837, llevaba por título El cuento de los tres osos, y repetía el personaje de la vieja iracunda, hambrienta y sin morada, que irrumpe en el apacible hogar de los osos en busca de comida y albergue; pero las acciones violentas se omiten: cuando la anciana es sorprendida en la cama por los osos, salta por la ventana y no se le vuelve a ver. La transformación de este personaje, de una vieja malhumorada de cabellera enmarañada a una encantadora niña de cabellos plateados, se debe a Joseph Cundall, quien en la introducción de su libro Treasury of Pleasure Books for Young Children, explica a sus lectores: “He hecho de la intrusa una niña en vez de una anciana, ya que hay muchos cuentos de viejas”. La niña se llamó Cabellos de Plata; el personaje fue conocido, en diversos libros infantiles, con este mote hasta que en 1904, en el libro  Old Nursery Stories and Rimes, bautizan al personaje con otro apelativo: “La niña tenía una larga cabellera dorada, por lo que la llamaban Bucles de Oro”. Mejor conocida en español como “Ricitos de Oro”. La escena de los osos descubriendo que “Ricitos de Oro” ha profanado su hogar, nos recuerda a los enanos de Blancanieves, cuando se dan cuenta que la muchachita se ha introducido a su morada y usado sus cosas.

LAS MIL Y UNA NOCHES

 

La visión pudibunda de la literatura infantil no se limitó a las obras de Occidente; también la literatura de Oriente fue cubierta por un velo puritano. En 1704, se publicó en Europa la primera versión de los relatos de Las mil y una noches, gracias al diplomático Antoine Galland, y se conoce como Las mil y una noches para niños, ya que Galland expurgo los cuentos que le parecieron “ofensivos” o de “mal gusto”. En el siglo XIX, se editaron versiones más completas traducidas por Sir Richard Burton y el doctor J. C. Mardrus, después Vicente Blasco Ibáñez haría la traducción al español. El motivo argumental, que sirve de enlace a las historias de este libro, es la promesa que hacen el rey Schahriar y su hermano Schahzaman de no volver a ser engañados por una mujer, para lo cual deciden desposarse cada noche con una y degollarla al amanecer. Así lo hicieron durante tres años, pero las jóvenes comenzaron a escasear, los hombres huían con las hijas que les quedaban. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar ninguna, por tanto tuvo que entregar a su hija mayor Schahrazada y a su hija menor Donizada. La bella e inteligente Schahrazada, que conocía las leyendas de los reyes antiguos y las historias de los pueblo pasados, pudo burlar, con la ayuda de su hermana Donizada, los planes macabros del rey contándole cuentos noche a noche, hasta llegar a convertirse en la reina. Las mil y una noches es un compendio de cuentos de diferentes orígenes: árabe, persa, hindú, judío y egipcio. La versión del libro que hoy leemos es claramente musulmana; en específico del culto heterodoxo sufí, cuya doctrina afirmaba que todo se reducía a la Gran Unidad de la cual formaban parte todos los hombres sin distinción de credos y toda la naturaleza. Si bien el libro tiene un propósito aleccionador, como lo afirma su prólogo: “¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! (…) que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él”, también incluye pasajes eróticos y violentos. La literatura erótica es considerada en Oriente como una expresión artística y religiosa al participar en la actividad divina de la creación; en cuanto a la violencia, no es más que la descripción de hechos del pasado para aleccionar a las generaciones del presente.

Uno de los cuentos que más ilustran el manejo de la violencia y el erotismo en Las mil y una noches es la Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihan. En la decimoctava noche, Schahrazada cuenta la tragedia de un joven que está a punto de ser crucificado por descuartizar a su esposa en un arranque de celos; resulta que el marido le regaló tres manzanas a su mujer, un fruto difícil de conseguir en esa región, pero después se topa con un  hombre negro, quien afirma que recibió de su amante una jugosa manzana. El marido regresa a su casa, ve sólo dos manzanas, pregunta a su esposa por la manzana restante, la mujer no sabe dónde está; entonces el esposo, cegado por la ira, responde con una daga; la confesión del homicida es aterradora:

“Me abalancé sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a puñaladas; después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la canasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo, y cargué el cajón en mi mula, y enseguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos”.

Luego, el hijo mayor le cuenta llorando a su padre que un hombre negro le robó una de las manzanas. El asesino comprende que mató injustamente a su mujer; después de escuchar la historia, el califa perdona la vida al joven y ordena la muerte del negro.

CAPERUCITA ROJA

 

                Los cuentos infantiles originales no son políticamente correctos, se niegan a dar cualquier tipo de concesión, nunca caen en falsos sentimentalismos o en gazmoñerías, tratan a sus pequeños lectores con respeto, como adultos. La literatura infantil contemporánea ha subestimado la capacidad de comprensión de los infantes; pero los niños, que no desean ser considerados unos ingenuos subnormales, descubren el engaño y se alejan de sus molestos guardianes, refugiándose en los brazos de las historietas, los juegos de video, las películas y la televisión. Por las noches, antes de dormir, Charles Perrault leía sus relatos a sus hijos; en caso de ser aprobados por los niños, los cuentos eran publicados; si bien eran historias duras, también tenían una enseñanza, una moraleja que sería, con el paso del tiempo, de gran utilidad para los pequeños. El relato  Caperucita Roja, uno de los más breves de Perrault, está basado en una historia del Medioevo, de la tradición oral, que el escritor escuchó de la niñera de su hijo. La versión original contenía una escena de canibalismo, un pasaje escatológico y un final feliz: el lobo invita a Caperucita Roja a comer y beber los restos de su abuela; pero, Caperucita, al sospechar de las malas intenciones del animal, abandona la casa con la excusa de aflojar el vientre. Perrault prescindió en su cuento del canibalismo y lo escatológico, pero no de la crueldad, pues el lobo devora tranquilamente a la niña. Caperucita Roja es el único de sus cuentos que acaba mal (en Pulgarcito, el diminuto infante provoca que el ogro se confunda y pase a degüello a sus propias hijas; después, escapa y roba el tesoro del ogro infanticida, lo cual tampoco puede considerarse un final feliz). El autor, al suprimir el final feliz y cualquier elemento superfluo, le dio al cuento el ritmo sincopado, brutal y minimalista, que lo hizo famoso. El relato estaba destinado a prevenir a las niñas de los encuentros con hombres desconocidos; Perrault marca un claro contraste entre el pueblo seguro y el peligroso bosque, entre la amorosa familia y los peligrosos forasteros; quiso dar una lección moral a las jovencitas que entablan relaciones con adultos, leyéndose entre líneas el carácter sexual de esas relaciones. La moraleja del cuento no sólo condena el engaño del lobo charlatán, sino la ingenuidad de Caperucita Roja, que confunde al malvado lobo con un buen amigo, y esa confusión entre el bien y el mal la llevará a su terrible muerte:

“Aquí vemos que la adolescencia, /en especial las señoritas, /bien hechas, amables y bonitas /no deben a cualquiera oír con complacencia, /y no resulta causa de extrañeza /ver que muchas del lobo son la presa. /Y digo el lobo, pues bajo su envoltura /no todos son de igual calaña: /Los hay con no poca maña, /silenciosos, sin odio ni amargura, /que en secreto, pacientes, con dulzura /van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; /bien sabemos que los zalameros /entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros”.

En el siglo XIX, Charles Dickens se quejaba de

“la crueldad y el talante traicionero de aquel lobo hipócrita que devoró a la abuela de la niña, sin que ello mitigara en absoluto su apetito, y después se comió a Caperucita, tras haberle gastado una broma feroz respecto a sus afilados dientes”.

Andrew Lang, un prestigiado estudioso y compilador británico de los cuentos de hadas, afirmó que si todas las versiones de Caperucita Roja terminaran como la de Perrault, se debería haber relegado este relato al olvido; pero, no obstante lo dicho, el propio Lang incluyó la versión de Perrault en su compilación Blue Fairy Book. Algunos críticos no consideran a la versión de Caperucita Roja, de Perrault, un cuento de hadas, sino una historia escrita para educar mediante el temor; o como señala el psicólogo Bruno Bettelheim: “Parece que muchos adultos creen que es mejor atemorizar a los niños para que se porten bien que liberar sus ansiedades, como hace un verdadero cuento de hadas”. Varios escritores  ingleses, de la época, rechazaron el espeluznante final del cuento de Perrault; así que inventaron finales felices acordes con la moralidad victoriana y su idea de la literatura “apropiada para los niños”: en el año 1800, el autor Ludwig Tieck escribe la narración Leben und Tod des kleinen Rotkäppchens: eine Tragödie, en la cual se introduce el personaje del leñador, que salva a la niña y a su abuelita. Este cuento sirvió para una popular adaptación británica del año 1840, en que Caperucita, a punto de ser devorada por el lobo, comienza a dar voces, y “su padre y otros leñadores acudieron corriendo; al ver al lobo, lo mataron en el acto”; incluso en Francia, la tierra de Perrault, el cuento se consideró demasiado cruel, por lo que se decidió cambiar la historia; el lobo se arroja sobre Caperucita, pero entra por la ventana una avispa y le pica en el hocico; un cazador, que es alertado por los aullidos del lobo, dispara una flecha “que atravesó la oreja del lobo y lo mató”. Resulta curioso el hecho de que, si bien todas las correcciones al final del cuento salvan la vida de Caperucita, la mayoría de los autores se muestran conformes con la muerte de la abuela. Esta animadversión contra las personas de edad avanzada no es gratuita; después de la revolución industrial, las improductivas ancianas eran un estorbo, de ahí su retrato como brujas victimarias o viejecitas victimadas, todas desechables. Un buen ejemplo de esta utilitaria visión lo encontramos en una versión británica del cuento de Caperucita Roja, de finales del siglo XIX, que remata el relato con el lobo reuniendo la sangre de la abuela en botellas e invitando, posteriormente, a beber a la confiada Caperucita. Si buscamos una versión del cuento que se compadezca de la tierna abuelita, necesariamente nos tendremos que topar con la Caperucita Roja, de los hermanos Grimm, incluida en su libro Cuentos para niños y para el hogar, del año 1812, la única narración en la que la abuela se salva. Los hermanos Grimm escribieron un final, pleno de humor negro, en que el lobo empachado, después de haber devorado a la abuela y Caperucita Roja, se dispone a tomar una reparadora siesta; una vez que cae en brazos de Morfeo, sus sonoros ronquidos son escuchados por un cazador, quien entra en la casa y abre el estómago del lobo con unas tijeras; enseguida, libera a Caperucita Roja, que exclama: “¡Qué oscura estaba la barriga del lobo!”; luego, sale la ensangrentada abuela, también viva, aunque casi no podía respirar; finalmente, Caperucita Roja coge rápidamente unas piedras con las que llena la barriga del lobo; cuando éste despierta, trata de irse saltando, pero las piedras son tan pesadas que se cae y muere; el cazador le quita al lobo la piel y se la lleva a casa; la abuela, por su parte, se come el pastel y bebe el vino que trajo su nieta. Caperucita Roja piensa: “Ya no te volverás a desviar en toda tu vida del camino, si tu madre te lo ha prohibido”. Los hermanos Grimm escribieron un final alternativo, o continuación del cuento: Caperucita Roja le lleva de nuevo a la abuela un pastel, y otro lobo le habla y la quiere desviar de la senda; Caperucita Roja se guarda de hacerlo, sigue directamente su camino y le narra a la abuela su encuentro con el lobo; después, llega el lobo y toca a la puerta, pero no le abren, así que el feroz animal salta al tejado y se dispone a esperar hasta que Caperucita Roja salga en la noche. Frente a la casa hay una gran artesa de piedra, la abuela le dice a la niña: “Coge el cubo, Caperucita; ayer cocí salchichas, trae el agua en la que las he cocido y échala en la artesa”. Caperucita Roja echa el agua hasta que la gran artesa se llena; luego que el olor de las salchichas llega a la nariz del lobo, éste olisquea, mira hacia abajo y estira tanto el cuello que no puede sujetarse más, de modo que se cae del tejado precisamente dentro de la artesa y se ahoga. Caperucita Roja se va feliz a casa y nadie le hace daño. Este segundo final, en el que las mujeres saben arreglárselas solas ante la amenaza del peligro, es una antítesis de los finales en los cuales cazadores, leñadores o príncipes salvan a las débiles e indefensas jovencitas, con el fin de mostrar una supuesta inferioridad de la mujer y justificar así su sometimiento. Sin duda, la versión más brillante del cuento de Caperucita Roja le pertenece a Charles Perrault. En dicho cuento, el lobo no se come a la niña en el bosque por temor a algunos leñadores que trabajaban por allí cerca, y dado que es un Don Juan seductor, prefiere esperar la ocasión propicia, no sin antes preparar el terreno: el lobo ladino mal aconseja a Caperucita para que se vaya por la senda más larga, donde la jovencita se entretiene “recogiendo nueces, persiguiendo a las mariposas y haciendo ramitos con las flores que encontraba a su paso”. Está claro que Caperucita es más una adolescente que una niña; el lobo aprovecha esta circunstancia para tentarla, desviarla del camino marcado, empujarla a la aventura, lejos de la protección familiar. Las flores son el gozo de los sentidos; el bosque, la sociedad; y el camino del que se aparta, la senda de la virtud; la carga sexual de la historia es evidente, se aprecia en el diálogo que tiene la falsa abuela, el lobo disfrazado de la anciana que se acaba de comer, con Caperucita:

“Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada: “Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo”. Caperucita Roja, muy obediente, se desnuda y se mete en la cama y queda muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir”.

Bruno Bettelheim afirma, en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1975), que “el peligro de Caperucita es su sexualidad incipiente, para la que no está todavía emocionalmente madura”. Este psicoanalista destaca la capacidad terapéutica de los relatos fantásticos en niños y adultos, pues en la imaginación es posible encontrar un lugar seguro donde enfrentar los temores y dominarlos: “La verdadera magia de los cuentos consiste en extraer placer del miedo”. No se debe realizar una simple lectura de los cuentos de hadas, pues su tradición oral exige que los adultos cuenten a su manera el relato a lo niños, de tal forma que se convierta en un acontecimiento interpersonal. Según Bettelheim, “El sentido de participación activa que un adulto experimenta al contar una historia contribuye de manera vital, y enriquece muchísimo, a la experiencia que el niño extrae de ella. Ayuda a afirmar su personalidad a través de una experiencia concreta compartida con otro ser humano, que, a pesar de ser adulto, puede apreciar los sentimientos y reacciones del niño. Fracasamos con el niño si, al contar la historia, la angustia de la rivalidad fraterna no se refleja en nosotros, así como tampoco la sensación desesperada de rechazo que el niño experimenta cuando se da cuenta de que no se los valora lo suficiente; su complejo de inferioridad cuando su cuerpo le falla; su sensación de impotencia cuando él o los demás esperan realizar tareas que parecen imposibles; su angustia ante los aspectos ‘irracionales’ del sexo; y la manera en que todo ello y mucho más puede superarse. Ni siquiera le proporcionamos la convicción de que después de todos sus esfuerzos le espera un maravilloso futuro, y hemos de tener en cuenta que sólo esta sensación puede darle la fuerza necesaria para desarrollarse sin problema, con seguridad, confianza en sí mismo y autorrespeto”. Sin embargo, en la era moderna, la mayoría de los cuentos infantiles prescinden de todo rastro de procacidad, violencia e imágenes macabras que pudieran escuchar los niños antes de irse a dormir. Los relatos para niños se limitan a un entretenimiento vacío o un sermón mal disfrazado. Esta visión es criticada por el escritor Roald Dahl en sus Cuentos en verso para niños perversos: “¡Sí, ya nos la sabemos de memoria!, dirán. / Y, sin embargo, de esta historia/ tienen una versión falsificada, / rosa, tonta, cursi, azucarada, / que alguien con la mollera un poco rancia /consideró mejor para la infancia…” Una corriente de la literatura infantil se han propuesto modernizar las historias clásicas, tanto en sus contenidos como en sus ilustraciones; el propio Roald Dahl actualizó a La Cenicienta o, como él la llama, Ceny, casándola con un señor que hacía mermeladas. Algunos escritores han atacado el arquetipo de “la dama en apuros”: La princesa vestida con una bolsa de papel, de Robert Munsch, es un libro infantil ilustrado en el que la princesa rescata al príncipe, mientras que La cámara de los horrores, de Ángela Carter, es una colección cuentos de hadas desde la óptica feminista; el escritor e ilustrador Janocsh, recuenta los clásicos a su modo, creando una Caperucita Roja eléctrica y un Pulgarcito que lucha contra los insectos. Sin embargo, todavía no surge un autor contemporáneo que escriba alguna obra de la talla de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado, producto de la subversiva pluma de Lewis Carroll; donde Alicia se pregunta: “¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?”, cuando de pronto salta cerca de ella un conejo blanco, que dice “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!”. Hasta que ese día llegue, me quedo con la imaginación sin concesiones de cuentistas como Perrault, y la secuencia de preguntas y respuestas más brillante de la literatura universal:

—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

—Para abrazarte mejor.

—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

—Para correr mejor.

—Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

—Para oír mejor.

—Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!

—Para ver mejor.

—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

—¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, el lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)

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8 comentarios el “LOS CUENTOS INFANTILES TAL COMO SOLÍAN SER

  1. lloni valen
    febrero 4, 2013

    todo es muy sentimental pero a la bes es educatibo y alegre

  2. Mary Carmen Morales
    septiembre 20, 2014

    Leer esta entrada me ha provocado curiosidad acerca de todas las otras versiones que existen de los cuentos de hadas mencionados, y mas aun, de los libros específicos que menciona. Ha sido fabuloso leerlo. Gracias.

  3. Carlos Calvin
    enero 12, 2016

    Muy interesante gracias por el post

  4. magic18words
    mayo 2, 2016

    Reblogueó esto en Leer es infinitoy comentado:
    Conozcamos un poco sobre la literatura de los cuentos clásicos ❤

  5. magic18words
    mayo 2, 2016

    Muchísimas gracias por el post, me ayudó mucho para unas cuantas investigaciones, y además me pareció interesantísima la información presentada. Saludos.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 3, 2012 por en Artes plásticas, Literatura y etiquetada con , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , .
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