Armando Santos

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GABRIEL FIGUEROA, MURALISTA DE LUZ

Gabriel Figueroa, muralista de luz. El fotógrafo Gabriel Figueroa manipulando un cámara, durante una filmación

El muralista José Clemente Orozco estuvo en la función privada de la película Flor silvestre (1943). En cierta escena del filme, se enderezó de su butaca; había reconoció en la pantalla uno de sus cuadros, El réquiem: unas mujeres de pueblo amontonadas frente a una casa, donde hay un velorio. Gabriel Figueroa, el director de fotografía de Flor silvestre, copió la composición del cuadro, pero añadió la luz, logrando así una visión que combinaba la plástica, la fotografía y el movimiento. Gabriel Figueroa le aclaró: “Maestro, soy un ladrón honrado, eso es de usted, yo lo copié. Esto está inspirado, respetuosamente, en su obra”. Hubo un silencio que pareció eterno. Posteriormente, el pintor dijo: “Sí, lo noté. Pero consiguió una perspectiva que yo no obtuve. Me gustaría verlo trabajar un día… Mis murales no pueden viajar, pero los suyos sí”. Figueroa llevó a la pantalla la fuerza de la pintura y el grabado de México, pues respetaba profundamente a los artistas mexicanos: “Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Leopoldo Méndez, glorias de la plástica mexicana, amos del color y de la luz y maestros míos en el modo de ver a los hombres y a las cosas”.

Gabriel Figueroa nació en la Ciudadde México, el 24 de abril de 1907, en el seno de una acaudalada familia de hacendados pulqueros, su madre murió al dar a luz, por lo que el padre se dio al alcohol y a la vida disipada en París. Gabriel Figueroa estudió en el Conservatorio Nacional de Música y en la Academiade San Carlos; ahí aprendió a resolver problemas de composición, de perspectiva. El fotógrafo estudió el Tratado de pintura, de Leonardo Da Vinci; aprendió que lo más importante en una imagen es el color de la atmósfera. Descubrió que usando un filtro infrarrojo podía eliminar esa especie de neblina entre la cámara y su objetivo, y conseguir una imagen más clara; la  luz se controla manipulando cortinillas y, al pasar a estudios cerrados, hay que iluminar artificialmente. Tras la muerte de su irresponsable progenitor, Gabriel se enteró de que todas sus propiedades estaban hipotecadas, por lo que tuvo que trabajar para ganarse la vida. Gabriel Figueroa se inclinó por una actividad artística, así que laboró en el estudio fotográfico de José Guadalupe Velasco, un excéntrico y alcohólico artista de la lente, que retocaba y coloreaba a mano las fotografías; además se daba el lujo de realizar “estudios fotográficos” de carácter erótico a las muchachas bonitas de los burdeles de moda. Posteriormente, Gabriel Figueroa conoció, en el estudio fotográfico de Gilberto Martínez Solares, al fotógrafo canadiense Alex Philips, quien lo recomendó como fotógrafo de tomas fijas en varias películas de buena calidad, como Revolución (1932), La mujer del puerto (1933), Chucho el Roto (1934), El primo Basilio (1934) y Vámonos con Pancho Villa (1935).Gabriel Figueroa había estudiado el violín como una actividad complementaria de su formación aristocrática; pero sus destrezas musicales serían de gran importancia para el desarrollo de su carrera cinematográfica. Cuando el cineasta Howard Hawks llegó a México, para la filmación de Viva Villa (1933), contrató al joven fotógrafo; Figueroa consiguió una cámara Bell & Howell de manivela y, dándole palanca de mano con ritmo sostenido -siguiendo el consejo de un camarógrafo, quien descubrió que llevando el compás del coro de Il trovatore, de Verdi, el ritmo manual es perfecto-, pudo salir avante. En el año 1935, recibió una beca de la empresa cinematográfica CLASA, para estudiar en Hollywood con el cinefotógrafo Greg Toland, el genial fotógrafo de El ciudadano Kane, de Orson Welles, de quien aprendió el manejo de la luz, la óptica, la composición y la profundidad de campo. Una vez que regresó de sus estudios en Hollywood, obtuvo el contrato de director de fotografía de Allá en el Rancho Grande (1936), de Fernando de Fuentes, la película que cimentó la industria cinematográfica mexicana y por la que Figueroa ganó el Premio a la Mejor Fotografía del Festival de Venecia de 1938. A Gabriel Figueroa no le interesaban los galardones cinematográficos ni los éxitos de taquilla, él seguía buscando su estilo; una serie de películas fueron fundamentales para encontrarlo: Bajo el cielo de México (1937) de Fernando de Fuentes; Mientras México duerme (1938) de Alejandro Galindo; La noche de los mayas (1939) y Los de abajo (1939), de Chano Urueta; La casa del rencor (1941), de Gilberto Martínez Solares; ¡Ay qué tiempos Señor, don Simón! (1941), Historia de un gran amor (1942) y Distinto amanecer (1943), de Julio Bracho; así como tres filmes protagonizados por el cómico Cantinflas: Ni sangre ni arena (1941), de Alejandro Galindo; El gendarme desconocido (1941) y Un día con el diablo (1945), de Miguel M. Delgado.

A partir de la década de los cuarenta, Gabriel Figueroa fotografió casi todas las películas importantes de la Época de Oro del cine mexicano. Además contribuyó a la creación de la empresa cinematográfica Films Mundiales; el plan era que los trabajadores pondrían el 50% de su salario y los inversionistas el resto, pero éstos últimos serían los primeros en cobrar; la compañía debutó con la comedia ¡Que viene mi marido! (1939), de Chano Urueta. Gabriel Figueroa no tenía rival en el manejo de los distintos planos en blanco y negro, su fuerza expresiva se manifestaba en el efecto de escorzo, a través de la iluminación y el empleo de los filtros, logrando mayor intensidad de volúmenes, por medio de las infinitas graduaciones, que van del blanco más albino al negro más oscuro. Su visión del paisaje mexicano, con el cielo repleto de nubes, se volvió su sello característico. En Distinto amanecer (1943, escrita por Julio Bracho, con diálogos del poeta Xavier Villaurrutia, basada en La vida conyugal, de Max Aub), Figueroa pasó del entorno campirano de provincia a la peligrosa selva de asfalto en que se había convertido la Ciudad de México. Distinto amanecer, filmada en escenarios reales, retrata de manera inteligente la corrupción política contra la que combaten los protagonistas interpretados por Pedro Armendáriz y Andrea Palma. También en 1943, el productor cinematográfico Agustín J. Fink reunió a un trío que cambiaría la historia del cine mexicano: el fotógrafo Gabriel Figueroa, el director Emilio “El Indio” Fernández y el guionista Mauricio Magdaleno. Flor silvestre, protagonizada por Dolores del Río y Pedro Armendáriz, fue la primera película que Gabriel Figueroa fotografió con “El Indio” Fernández –llegarían a rodar 24 filmes-; Figueroa ponía los emplazamientos y determinaba los movimientos de la cámara, que Fernández aprobaba al tiempo que bebía tequila y se deleitaba con la música de un trío. En Flor silvestre podemos apreciar el estilo estético de Figueroa: el cielo como un personaje dramático, emocionantes claroscuros, el rescate de la “mexicanidad”, hombres con traje de charro, mujeres con rebozo, la claridad tridimensional basada en la separación entre el primer plano y los fondos. La segunda película del trío Figueroa-Fernández-Magdaleno sería María Candelaria (1943), premiada con la “Palma de Oro”, en el Festival de Cannes de 1947 – ex æquo con otras diez películas-, un “regalo” –el guión del filme escrito en servilletas- de Fernández a Dolores del Río, para compensar los malos tratos que ésta recibió en Flor silvestre; Dolores sólo atinaría a decir: “Primero una mujer de rancho… Y ahora, ¿quiere que haga una indita? Yo… ¿descalcita?” El director Julio Bracho cuestionó la originalidad de la historia, pues Fernández plagió varias escenas de Tabú, del cineasta germano Friedrich W. Murnau. Por su parte, Mauricio Magdaleno  afirmaba que María Candelaria estaba inspirada en Janitzio (1934), filme donde actuó “El Indio”; las imágenes de la escena del linchamiento son casi idénticas en ambas películas. La película también tenía escenas copiadas de La luz azul, de Leni Riefensthal. Fernández negaría las acusaciones; pero los plagios u “homenajes” fílmicos se harían una constante en sus películas. María Candelaria implantó el estereotipo que se tiene del personaje indígena: inocente, puro, víctima de la maldad de los criollos y los mestizos. El equipo Figueroa-Fernández-Magdaleno-Del Río-Armendáriz repitió en Las abandonadas (1914), una película basada en el filme mudo mexicano El automóvil gris (1919), de Enrique Rosas, sobre unos revolucionarios que se dedican a cometer asaltos, y algunas escenas de la película americana La mujer X. La Secretaría de la Defensa trató de obstaculizar su exhibición, pero este intento de censura provocó que la película triunfara en taquilla. Otra suerte le acarreó Bugambilia (1944). Murió el productor Agustín Fink y lo sustituyó Carriedo Galván, un abogado que no sabía mucho de cine, cuando Bugambilia fue exhibida ante el nuevo productor, éste, sin brindarles mayores explicaciones, corrió a Figueroa, Fernández, Magdaleno, Del Río y Armendáriz,  al grito de “¡No quiero genios!” El despido, lejos de perjudicar a la mancuerna Figueroa-Fernández,  la fortaleció. En 1945, se filmó La perla, magistralmente fotografiada por Figueroa, quien imprimió en cada plano un sello de dramatismo y sensibilidad; el filme, basado en el texto y guión del Premio Nobel de Literatura John Steinbeck, sobre una perla encontrada por un humilde pescador que despierta la codicia de varios personajes, fue producido por Óscar Dancigers y la RKO de Hollywood, con la actuación de Pedro Armendáriz y María Elena Márquez. La perla ganó el Premio a Mejor Fotografía en la Muestra de Venecia de 1948, en el festival de Madrid de 1949 y en los Globos de Oro de la prensa extranjera de Hollywood de 1949. Después fotografiaría Enamorada (1946), una adaptación a la época de la Revolución Mexicana de la Fierecilla domada, de William Shakespeare. El final de Enamorada -Beatriz (María Félix) deja plantado a su novio  en el altar y sigue al general Reyes (Pedro Armendáriz) mientras su tropa sale de Cholula- está “inspirado” en el filme Marruecos, de Joseph von Sternberg, aunque, en este caso, la fotografía de Figueroa es mejor que la fotografía original de Lee Garmes, pues aplica sus conocimientos del paisaje e integra a la escena la imagen de las fotografías de soldaderas revolucionarias de Casasola.

Gabriel Figueroa incursionó en una gran producción norteamericana, El fugitivo (1947), de John Ford. El cineasta dio sus instrucciones: “Esto es importante. Pon la cámara donde quieras”. Gabriel Figueroa sintió que lo estaba probando; pues el director estadounidense siempre decía “hay mil maneras de colocar una cámara, pero sólo una es la correcta”. El fotógrafo la puso sobre el altar, dominando las bancas y la entrada, donde colocó una luz muy potente. John Ford vio todo y dijo: “¡Venga el ensayo! ¡This is great!” Figueroa firmó un contrato para fotografiar tres películas de Ford; sin embargo, la paranoia del macartismo lo impidió. Gabriel Figueroa tenía unas convicciones políticas y sociales muy firmes; su aversión a la dictadura de Franco motivó su rechazo al ofrecimiento del cineasta Roberto Gavaldón de filmar en España; tampoco, a la muerte de Gregg Toland, su antiguo maestro, aceptó el contrato de éste con Sam Goldwyn, uno de los más codiciados en Hollywood, pues no quería formar parte del sistema de trabajo de la industria cinematográfica estadounidense; se negó a fotografiar la película Zapata, de Elia Kazan, porque estaba en desacuerdo con el estereotipo del mexicano que describía el guión de Steinbeck; fue incluido en la lista negra dela Comisión parala Investigación de Actividades Antinorteamericanas, presidida por el senador Joseph MacCarthy, luego de apoyar una huelga de laboratoristas y escenógrafos de la industria de Hollywood y ayudar a varios cineastas perseguidos por el macartismo como Robert Rossen y Albert Maltz; se opuso a la mafia del STIC (el Sindicato de Trabajadores dela Industria Cinematográfica) y fundó el STPC (Sindicato de Trabajadores dela Producción Cinematográfica), junto con Jorge Negrete y Mario Moreno “Cantinflas”.

Gabriel Figueroa trabajó con Emilio Fernández y Mauricio Magdaleno en Río Escondido (1947), una película llena de los excesos demagógicos de “El Indio”, donde María Félix “actúa” en el papel de una maestra rural que se enfrenta a un cacique; Maclovia (1948), una versión disimulada de María Candelaria, con María Félix en lugar de Dolores del Río; Salón México (1948), película de ambiente cabaretil, acentuado por los claroscuros de la fotografía de Figueroa, que marca la vida de la cabaretera interpretada por Marga López, quien baila un danzón de antología con el vividor Paco (Rodolfo Acosta), paga los estudios de su hermana menor y sueña con casarse con un piloto, nada menos que del Escuadrón 201; Pueblerina (1948), filmada con un presupuesto austero, que ha sido considerada por muchos críticos como la obra cumbre del trío Figueroa-Fernández-Magdaleno, pues se aleja del machismo mexicano; la película narrar el regreso de Aurelio (Roberto Cañedo) -tras cumplir una condena por vengar la violación de su amada Paloma (Columba Domínguez) a manos de Julio González (Guillermo Cramer)-, para casarse con Paloma y olvidar el pasado, pero el malvado Julio está dispuesto a estropear sus planes; Gabriel Figueroa fotografió una de las secuencias más hermosas del cine mexicano: Paloma y Aurelio bailando un son jarocho en su noche de bodas; luego vendría otra película notable, La malquerida (1949), premiada en el Festival de Venecia de 1949, basada en una obra de Jacinto Benavente, una historia trágica sobre un trío amoroso formado por Raimunda (Dolores del Río), su hija Acacia (Columba Domínguez), y el padrastro de ésta, Esteban (Pedro Armendáriz), quien muere cuando lo rodean unos jinetes que le van disparando en una sincronía perfecta; después vino un grupo de obras mediocres  –Del odio nació el amor (The Torch,1949), Un día de vida (1950), Duelo en las montaña (1949),  Islas Marías (1950) y Siempre tuya (1950)-, hasta que llegó Víctimas del pecado (1950), un drama protagonizado por la rumbera Ninón Sevilla y Rodolfo Acosta, con una trama parecida a la de Salón México: una cabaretera que trabaja para mantener a un niño y sufre el acoso de un “cinturita”. La obsesión de Emilio Fernández por meter diálogos moralizantes en sus películas condujo a su declive cinematográfico y desgastó la relación con Figueroa y Magdaleno. La bienamada (1951), El mar y tú (1951), Cuando levanta la niebla (1952), La rosa blanca (1953), La rebelión de los colgados (1954), La Tierra de fuego se apaga (1955) y Una cita de amor (1956), no lograron revivir la glorias  pasadas. En el Festival de Venecia se le acercó un productor a Figueroa y le ofreció una película inspirada en Fedra de Racine; Gabriel Figueroa le pasó el guión a Fernández, quien al terminar su lectura gritó exaltado: “¡Éstas son las historias que me gustan!”  Sin embargo, el productor avisó que no pudo reunir el capital, por lo que la película no se haría; meses más tarde, llegó “El Indio” con un guión casi idéntico; Figueroa se negó a participar en ese fraude, pese a los argumentos de Emilio Fernández: “El guión que nos habían propuesto era un fúsil de Fedra, ¿qué tiene de malo un fúsil de otro fúsil?” Fernández filmó la película sin Figueroa; el filme se tituló La red (1953). Sin embargo, la gota que derramó el vaso fue La Tierra de fuego se apaga, filmada en Argentina, en la que “El Indio” se empeñó en hacer que los novios gauchos del filme recitaran en la ceremonia nupcial ¡La Epístola de Melchor Ocampo!

Gabriel Figueroa no fue un fotógrafo de un director; puso su lente al servicio de grandes cineastas. Su trabajo con el director Luis Buñuel produjo varias obras maestras de la cinematografía. Los olvidados (1950)  -el filme obtuvo la Palma de Oro a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes y fue nombrado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en la categoría Memoria del Mundo-, con guión de Luis Buñuel, Luis Alcoriza y Juan Larrea, basado muy libremente en la novela de Mercedes Pinto, y diálogos del escritor Max Aub y Pedro de Urdimalas (seudónimo de Jesús Camacho, guionista de Nosotros los pobres), retrata la cruda realidad de la niñez marginada, al tiempo que ilustra algunas escenas de fascinante surrealismo: la secuencia del sueño es, quizás, la escena onírica mejor lograda en la historia del cine mundial. La mancuerna Figueroa-Buñuel continuó con Él (1952), un drama psicológico acerca de un hombre religioso, interpretado por Arturo de Córdoba, que desarrolla unos celos que terminan por llevarlo a la locura; la escena en el interior de un templo, donde el protagonista piensa, en su paranoia, que todos se ríen de él, retrata -con una fotografía expresionista- admirablemente la alucinación de un obsesionado. Figueroa fotografió Nazarín (1958), ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 1959, otra obra maestra de Luis Buñuel, basada en la novela de Benito Pérez Galdós, con guión de Luis Buñuel, Julio Alejandro y Emilio Carballido. Las primeras escenas de Nazarín están inspiradas en las pinturas de Gabriel Orozco y Diego Rivera; pero conforme el personaje del sacerdote Nazarín (Francisco Rabal) se replantea su fe, la fotografía se vuelve más intimista hasta que, en su última peregrinación hacia la cárcel, la cámara se centra en el rostro atribulado de Nazarín, y no en el paisaje como en Enamorada. Figueroa siguió colaborando con Buñuel en Los ambiciosos (1959), producción franco-mexicana, basada en la novela La fièvre monte à El Pao, de Henri Castillou, con las actuaciones de María Félix y Gérard Philipe; La joven (The Young One1960), una adaptación de la novela Travelin Man, de H. B. Addis, filmada en inglés, que obtuvo una Mención en el Festival de Cannes de 1960; El ángel exterminador (1962), la historia de un grupo de elegantes burgueses atrapados en una mansión, donde afloran sus verdaderos instintos, narrada a través de repeticiones de secuencias que le imprimen un ritmo perturbador; y el mediometraje Simón del desierto (1964), ganador del León de Plata en el Festival de Venecia de 1967, acerca de un santo que ha permanecido en penitencia de pie sobre una columna por más de seis años, hasta que es tentado por el Diablo, en la figura de Silvia Pinal. Gabriel Figueroa también fotografió tres obras notables de Ismael Rodríguez: Dos tipos de cuidado (1952), el duelo cinematográfico entre Pedro Infante y Jorge Negrete, las máximas figuras del cine mexicano; Ánimas Trujano (1961), basada en la novela de Rogelio Barriga Rivas, acerca de un indígena (Toshiro Mifune) que es capaz de cualquier cosa con tal de ser elegido Mayordomo de su pueblo; y El hombre de papel (1963), con la sobreactuación de Ignacio López Tarso, en el papel de un pepenador sordo que se encuentra un valioso billete. Mención a parte merece la relación profesional entre Gabriel Figueroa y el cineasta Roberto Gavaldón: El rebozo de Soledad (1952), ganadora del Ariel a Mejor Fotografía, sobre el dilema de un médico (Arturo de Córdova), que debe elegir entre una vida de comodidades o atender a los habitantes de un pueblo oprimido por un cacique; Camelia (1953), una adaptación poco afortunada de La dama de las camelias, de Alejandro Dumas hijo, con María Félix en el papel principal; El niño y la niebla (1953), ganadora del Ariel a Mejor Fotografía, adaptación de la obra de teatro de Rodolfo Usigli, con la extraordinaria actuación de Dolores del Río; Historia de un amor (1955), un “churro” protagonizado por Libertad Lamarque; La escondida (1955), ganadora del Ariel a Mejor Fotografía, basada en la novela de la Revolución Mexicana de Miguel N. Lira, con la pareja cinematográfica Pedro Armendáriz-María Félix; la fallida serie de Heraclio Bernal: Aquí está Heraclio Bernal (1957), La venganza de Heraclio Bernal (1957) y La rebelión de la sierra (1957), con Antonio Aguilar en el papel del héroe; Flor de mayo (1957), que fue un fracaso de taquilla porque al público no le gustó que María Félix prefiriera al extranjero y malencarado Jack Palance, en lugar del apuesto mexicano Pedro Armendáriz; Macario (1959), basada en un relato de Bruno Traven, a su vez inspirado en un cuento de los Hermanos Grimm, acerca del campesino Macario, esta vez magistralmente interpretado por Ignacio López Tarso, que trata de comerse un guajolote, que ha robado para él su esposa (Pina Pellicer), pero se interpone la Muerte (Enrique Lucero), quien agradecido porque Macario le ha compartido de su banquete, le regala un agua curativa que desencadena diversos conflictos, también hay que destacar la iluminación efectista que le valió a Gabriel Figueroa el Premio de Fotografía en el Festival de Cannes, y a la película ser nominada al Oscar como Mejor Película en Lengua Extranjera; La rosa blanca (1961), un largometraje filmado en Cuba, acerca de la vida del prócer José Martí; Días de otoño (1962), una adaptación de Julio Alejandro y Emilio Carballido del cuento Frustration, de Bruno Traven, en la que Gabriel Figueroa resalta la belleza de la actriz Pina Pellicer, quien interpreta Luisa, una joven que se crea un mundo de fantasías que finalmente chocará con la realidad; y El gallo de oro (1964), la adaptación de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón de un cuento de Juan Rulfo, sobre un sencillo pregonero (Ignacio López Tarso) que recoge un gallo de pelea que cambia su suerte para bien y para mal.

La filmografía de Gabriel Figueroa no estaría completa sin la intervención de un gran cineasta: John Huston. Gabriel Figueroa conoció a Huston, durante una comida en el restaurante “Ciro’s”, donde  Huston le dijo a Figueroa: “Tú y yo vamos a trabajar juntos, vas a ver”. Diecisiete años después se cumplió la profecía; Huston lo invitó a trabajar en La noche de la iguana (1963), una película, filmada en blanco y negro, basada en la obra de Tennessee Williams. Huston admiraba mucho al fotógrafo mexicano; el 40% de los emplazamientos y ángulos de la película son de Figueroa. El fotógrafo se ganó el afecto de todo el equipo de la película, incluso conquistó el respeto de la estrella de cine más conflictiva: la actriz Ava Gardner se había metido a la cantina y se negaba a filmar una escena de noche, en la playa; Huston se dirigió a la cantina y le mencionó la escena programada, Ava no cedió: “John, tú eres tan asalariado como yo. Nos alquilamos, ¿qué te preocupa?, ¿es tuyo el dinero de la producción? Hoy no tengo ganas de trabajar, ¡salud!”; después de una pausa, Huston explicó: “A mí quien me preocupa es Gaby Figueroa, ha estado trabajando toda la tarde, preparando un efecto de Luna primoroso”; Ava Gardner se puso en pie y exclamó: “¡Por Gaby, sí trabajo!” La noche de la iguana obtuvo la nominación al Oscar a Mejor Fotografía. Gabriel Figueroa se retiró del cine tras la filmación de Bajo el volcán (1983), de John Huston, película basada en la novela de Malcom Lowry. A Figueroa le  molestó el uso de la Steadicam, una cámara que estabiliza los movimientos, pues no podía controlar el encuadre. Después, Figueroa rechazó todas las ofertas laborales que recibió: “Los guiones no me gustaron; supongo que con la edad uno se va volviendo más intransigente; el último trabajo que me ofrecieron fue casi una ofensa: querían que hiciera Rambo II”. En 1987, luego de una prolongada carrera de 235 producciones, en más de cincuenta años de labor cinematográfica,  la Academia Mexicana de Artes Cinematográficas le otorgó el Ariel de Oro por su aportación a la cinematografía nacional. Diez años después, el 27 de abril de 1997, fallecería en la Ciudad de México. Gabriel Figueroa fue un muralista de luz; un creador de imágenes que permanecen  tatuadas en nuestra memoria. Como dijo el propio Figueroa, al recibir en 1971 el Premio Nacional de las Artes: “Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida”.

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)

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