Armando Santos

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APOLOGÍA DEL LECTOR COMÚN

Retrato de Samuel Johnson, ejecutado por el pintor Joshua Reynolds, en el año 1775.

Los hombres de letras siempre han buscado la gloria; no me refiero al estado de bienaventuranza de quien contempla a Dios en el cielo, sino a la reputación, la fama y los honores que la calidad y la trascendencia de las obras literarias deberían conceder. Cuenta la Marmor Parium, una antigua inscripción descubierta en la Isla de Paros, que desde que Susarión organizó, en Atenas, el primer coro de actores cómicos, estableció como premio una cesta de higos y un odre de vino, lo cual agradecieron los poetas devotos de Dioniso; luego, Tespis, el inventor del diálogo como forma teatral, propuso que el ganador del certamen de tragedias durante las Grandes Dionisias se llevará un macho cabrío. Los ganadores del primer premio del certamen de comedías de las Grandes Dionisias obtuvieron una corona de yedra.  El jurado que otorgaba el galardón era seleccionado entre los ciudadanos, por medio de un complicado mecanismo. Posteriormente, tanto en Grecia como en Roma, se otorgó a los vencedores de las justas poéticas una corona de laurel, el árbol preferido del dios Apolo, pues le recordaba a una ex novia, la bella Dafne. Los emperadores romanos arrebataron la corona de laurel de las manos de los jurados ciudadanos y la depositaron en las sienes de los poetas más lambiscones.  Siglos después de la caída del imperio romano, esta manía de coronar a los poetas con una guirnalda de laurel se recuperó en la Italia medieval. Dante Alighieri (1265-1321) la consideraba como una consagración de carácter semirreligioso; el autor de La Divina Comedia deseaba imponerse a sí mismo la corona de laurel sobre la pila bautismal de San Giovanni, donde había sido bautizado. El poeta Petrarca (1304-1374) fue coronado por el Senado de Roma en el Capitolio. Durante un tiempo, la corona de laurel capitolina se consideró como una manifestación visible de la gloria literaria; pero el ignorante emperador del Sacro Imperio Romano, Carlos IV, coronó en Pisa a un erudito pedante, el florentino Zanobi Della Strada, lo cual provocó la indignación de otro florentino, Giovanni Boccaccio, quien negó la validez de esta “laurea pisana”. En adelante, otros emperadores y príncipes ciñeron la corona de laurel sobre la testa de su literato predilecto. Los Papas no quisieron ser menos y también coronaron a sus escritores preferidos. De este modo, tanto la corona de laurel como el rito de coronación  perdieron lustre. El Papa León X, que era muy bromista, hizo creer, con sus desmedidos elogios, a Baraballo de Gaeta —un anciano sacerdote que estaba enamorado de sus pésimos versos— que era el mejor poeta de Italia, por lo que le concedió la corona de laurel del Capitolio. El poetastro, bien ataviado de laureles y púrpura, declamó sus abortos de poemas en un banquete que le ofreció León X, en el patio del Vaticano; luego, cuando ya nadie se aguantaba la risa, lo subieron a un elefante blanco llamado “Hanno”, la mascota del Papa, mientras que el Vicario de Cristo contemplaba el grotesco desfile a través de su monóculo. El paquidermo, asustado por el sonido de las trompetas y el griterío de la muchedumbre, se negó a cruzar el puente de Santángelo, por lo que tuvieron que bajar al tembloroso Baraballo del elefante. Desde entonces, los premios literarios que conceden las autoridades tienen algo de solemne y ridículo.

Actualmente, los funcionarios culturales y los críticos literarios se consideran los dispensadores de la inmortalidad o del olvido de los literatos y de sus obras. Cabría preguntar, ¿cómo se les ocurre a estas personas darse ínfulas de jueces para seleccionar a los escritores que trascenderán a su generación? El poeta y ensayista inglés Samuel Johnson (1709-1784) confiaba más en el buen juicio del lector común que en las “profundas” interpretaciones de los críticos literarios. En su libro Vidas de los poetas ingleses, afirmaba: “Me complace coincidir con el lector común, pues siguiendo el sentido común de los lectores no corrompidos con prejuicios literarios, después de todos los refinamientos de la sutileza y el dogmatismo de la erudición, es como debe decidirse sobre toda pretensión de alcanzar los honores poéticos”. Un siglo y medio después, la escritora Virginia Woolf (1882-1941) nos recomienda en el ensayo “¿Cómo hay que leer un libro?”, del segundo volumen de su libro El lector común: “El único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”. No hay una sola manera de leer, nadie nos puede forzar a seguir un canon de lectura. Algunos críticos tratan de imponernos su lista de “obras maestras contemporáneas”; pero no son los grandes caciques de la literatura los encargados de bautizar a los libros con el adjetivo de “clásicos”, sino las generaciones de lectores comunes y corrientes que, con su fiel y constante lectura, inmortalizan una obra literaria. Virginia Woolf retomó la idea de Johnson: “Si el autor tuviera conciencia de que, detrás de los tiros que a tontas y a locas dispara la prensa, hay otra clase de crítica, consistente en la opinión de las personas que leen por amor a la lectura, despacio y sin profesionalismos, y que emiten juicios animados por una gran comprensión y gran severidad, ¿no mejoraría esto la calidad de las obras? Y si gracias a nosotros los libros llegaran a ser más vigorosos, más ricos, más variados, creo que abríamos conseguido algo digno de ser implantado”.

Muchos escritores buscan el favor del funcionario cultural en turno, del crítico literario de moda o del “autor consagrado” que confiere el título de Caballero Templario de las Letras con un golpe de su pluma. Por doquier se ven “poetas” y “novelistas” llorando lagrimitas de aserrín, como “La Muñeca Fea”, porque no aparecieron en El Canon Occidental, de Harold Bloom; o, de perdida, en el Diccionario crítico de la Literatura Mexicana, de Christopher Domínguez Michael (que ni es diccionario, ni es crítico). Pero, es usted, el lector común, quien repartirá la gloria al escritor que en verdad se la merezca. El lector, como toda criatura en peligro de extinción, se encuentra rodeado de temibles depredadores: los maestros que transforman la lectura en una actividad odiosa, los sectarios que han convertido a la literatura en un rito exclusivo para los “iniciados”, las compañías editoriales que bombardean al lector con un catálogo interminable de clásicos instantáneos. Nuestro sistema educativo se empeña en inculcar el hábito de la lectura por el peor de los métodos: el aprendizaje forzoso, que transforma el placer de leer un libro en la tortura de hacer la tarea. El filósofo Sir Francis Bacon (1561-1626) nos dio el antídoto para esta venenosa práctica: “No leáis para contradecir o impugnar, ni para hallar tema de conversación o discurso, sino para sopesar y reflexionar”. Cada lector debe formar su biblioteca personal siguiendo la voz interior que dice: “esto me gusta”. Virginia Woolf  advertía sobre los secuestradores de la voluntad: “Admitir autoridades… en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan qué leer, qué valor darle a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que respira en esos santuarios”. A juzgar por la publicidad de las librerías, el siglo XXI está lleno de libros que nos cambiarán la vida, genios de la literatura, obras maestras y ediciones “rigurosamente cuidadas”. La industria editorial publica miles de títulos que ni en miles de vidas podríamos leer. Resulta más conveniente alternar la lectura de las obras clásicas (los libros que nos recomiendan varias generaciones de lectores comunes) con las contemporáneas. Una lectura es como un enamoramiento: el amor puede surgir de golpe o poco a poco. Y para que nuestro corazón lata aceleradamente, no necesitamos celestinas ni críticos alcahuetes, basta con nuestro propio gusto.

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)

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